Ciudadanía temprana

 

Se suele entender a la ciudadanía como un estatus: una nacionalidad, un documento de identidad, un registro al que se ingresa una vez que se alcanza la mayoría de edad. Aunque verdaderas, estas nociones son insuficientes para explicar su verdadero alcance en el contexto de una democracia.

La ciudadanía es, según su definición más antigua, la relación surgida entre un individuo y el Estado, que otorga ciertos derechos a quienes cuentan con dicho reconocimiento. Para los contractualistas del siglo XVII, describe un pacto entre personas libres que se someten a un régimen común a cambio de la protección de la autoridad.

Si bien, autores como T. H. Marshall (1950) explican a la ciudadanía como un conjunto de derechos civiles, políticos y sociales que se adquieren progresivamente, Bryan Turner (1993) cuestiona de qué sirve tenerlos si no se ejercen, y propone su construcción a través de prácticas sociales —como votar, deliberar, exigir y organizarse— para dotar de sentido la pertenencia a una comunidad. 

Aquí es donde surge una tensión entre ciudadanía formal y ciudadanía sustantiva. La primera se refiere al reconocimiento legal; la segunda, a la capacidad real de influir en las decisiones colectivas. Y en muchas democracias —incluida la mexicana— la brecha es evidente. 

La ciudadanía plena exige involucramiento constante: informarse, debatir, cuestionar al poder, además de asumir responsabilidades colectivas. Por ello, la formación temprana de ciudadanía en infancias y juventudes, resulta fundamental, pues es en esta etapa cuando se forman las bases de cómo alguien se relacionará con lo público, con la ley y con las demás personas. En días pasados, tuvimos la oportunidad de asistir al Tercer Encuentro Nacional de Buenas Prácticas "Educar para participar", evento organizado por el Instituto Electoral de Michoacán, donde se reflexionó sobre la forma en que la tecnología, la educación y las políticas públicas fortalecen la cultura cívica en estos sectores de la población.

Porque la ciudadanía no inicia a los 18 años con el voto: comienza mucho antes, cuando una persona aprende que su voz cuenta, que sus ecos pueden incidir en la vida política y que el espacio público también le pertenece. Porque la ciudadanía no debería concebirse como el objetivo, sino como el verdadero punto de partida.

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Hilda Hermosillo
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