Desde donde América Latina busca su lugar
Estoy en Panamá.
Aquí comienza el Foro Económico Internacional de América Latina y el Caribe 2026, convocado por el Banco de Desarrollo de la región —CAF—, uno de los pocos espacios donde coinciden presidentes en funciones, ministros de finanzas, responsables de deuda soberana, organismos multilaterales y premios Nobel de Economía.
No es una reunión protocolaria. Es una mesa donde se cruzan quienes gobiernan, quienes financian y quienes evalúan el riesgo del mundo. Por eso importa.
Pero este foro no nace en el vacío.
Llega después de Davos.
Y esa diferencia lo define todo.
Davos existe por sí mismo. No pregunta, afirma.
No debate escenarios: fija el marco global.
Ahí quedó claro que la globalización lineal terminó, que el comercio será regionalizado, que el capital será selectivo y que la transición energética solo avanzará donde exista retorno, gobernanza y estabilidad.
Davos no preguntó qué hacer. Dijo: esto es lo que hay.
América Latina llega después —no para discutir el rumbo del mundo, sino para entender qué hace con él.
Este foro existe precisamente por esa necesidad: porque el tablero ya cambió y la región necesita leer cómo insertarse sin quedar fuera.
No es ingenuidad. Es urgencia.
El contexto no podría ser más exigente.
El mundo atraviesa una guerra comercial abierta, un endurecimiento financiero que vuelve política cada decisión económica y una reconfiguración de las cadenas de valor donde la confianza institucional pesa tanto como la rentabilidad.
Por eso lo que se pone hoy sobre la mesa no es crecimiento en abstracto.
Se discute quién tendrá espacio fiscal para sostenerlo y quién no. Qué países conservarán la credibilidad financiera. Dónde se concentrará la inversión productiva. Y qué territorios quedarán fuera del nuevo orden.
América Latina no aparece como espectadora.
Aparece como territorio estratégico: por su energía, sus minerales críticos, su posición logística y su peso demográfico en un mundo que envejece.
Aquí se habla de deuda y estabilidad macroeconómica, pero también de nearshoring selectivo, de transición energética sin financiamiento suficiente y de una inteligencia artificial que redefine productividad, empleo y competitividad.
No son debates académicos.
De estas conversaciones se desprenden calificaciones de riesgo, flujos de capital, prioridades multilaterales y decisiones que marcarán los próximos años.
El dinero global ya no se mueve por promesas. Se mueve por capacidad de ejecución. Y ahí ocurre un desplazamiento silencioso que atraviesa todas las mesas: el foco deja de estar únicamente en los Estados nacionales y comienza a bajar al territorio.
Cada vez se habla menos de países y más de nodos.
Ciudades capaces de ofrecer infraestructura, certeza jurídica, gobernanza, talento y lectura internacional suficiente para convertir la economía global en resultados locales.
Ahí se está moviendo el poder.
Nada se ha decidido todavía.
Pero desde aquí —desde donde hoy se cruzan finanzas, política y geopolítica— el mapa empieza a trazarse.
Davos marcó el marco. América Latina intenta ahora definir su lugar dentro de él. Y entender este momento no es anticiparse al futuro.
Es observar, en tiempo real, cómo empieza a repartirse.
-
Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión.
Imagen