El aficionado posmoderno
Cuando yo era más joven, o de plano cuando niño, para ver el Mundial bastaba que a uno le gustara el futbol (de nuevo sin tilde, por piedad) y tuviera algunas nociones de dónde quedaban los 16 países participantes y quienes eran sus figuras, en el entendido de que participaban casi siempre los mismos seleccionados: Brasil, Italia, Alemania, Inglaterra, Argentina, casi siempre México y poca cosa más.
Entiendo que hubo mundiales con apenas trece equipos nacionales, pero a mi me tocó el formato de los 16 equipos que, entiendo, fue el que se usó hasta 1978; a México, por poner un ejemplo muy lamentable, en el México 70 –el primer torneo mundialista del que tengo memoria–, quedó en secto lugar; eliminado d efea manera para Alemania 74, quedó en último lugar en el torneo de la Argentina de 1978. Fue humillante, pero al fin de cuentas no está mal quedar en lugar 16 del planeta. Peor nos fue en Catar, donde quedamos en el lugar veintitantos.
Y es que a algún genio de la mercadotecnia, y del mal, se le ocurrió que 16 eran poco equipos y lo aumentó a 24, ya para España 1982, donde tampoco se clasificó el equipo mexicano; y a 32 para Francia 98… y así hasta llegar ahora en que, para que no se quede casi nadie fuera (salvo Italia) se les ocurrió hacer un torneo que dura lo que la Cuaresma y reúne a 48 países, o sea a uno de cada cuatro, si tenemos en cuenta los datos de la ONU (193 estados soberanos) o poco menos si le hacemos caso a la FIFA (211 federaciones nacionales).
40 años pasaron de aquel juego que fue a ver a León, y que disputaron la URSS, que estaba en pie todavía, y la Francia de Platini. Esa mañana condujimos a la vecina ciudad, llegamos al estadio, nos estacionamos allí en la explanada que había junto al Nou Camp, entramos a unos lugares aceptables, vimos el empate a dos goles, agarramos el coche y nos regresamos. Ahora eso de poderse pagar un boleto, estacionarse cerca del estadio y asistir a un juego del Mundial, parece un imposible, por lo menos en este país: ya conducir a León es una actividad de altísimo riesgo.
Yo en ese mundial fui a tres juegos: el citado, uno entre España e Irlanda, en el 3 de Marzo, y uno más en el Jalisco entre Brasil y Polonia.
Pero recuerdos aparte ahora el ver un torneo de estos, amén de que se volvió un lujo para potentados, hay que tener, además por gusto por el jueguito –que algunos no comparten; ellos se lo pierden–, conocimientos que trascienden lo deportivo, como es el caso de tener un conocimiento aceptable de geografía política y de historia reciente.
Un día llegará que veamos una semifinal en que jueguen, por decir algo, las Islas Feroe contra Bután, países de las que apenas sabemos que existen y menos dónde podemos ubicarlas en el mapa.
Ya pasa con equipos de estados que antes eran parte de otros ya desaparecidos, tal el caso de la Chequia, que en su día fue parte de Checoslovaquia, que participó en ocho copas y dos veces fue subcampeón; o con Uzbekistán, un país que queda sabe Dios dónde, y que es el único país que representa a la extinta URSS, que ya ha mandado a mundiales a Ucrania y a Rusia, que hasta ya hizo un mundial y luego se le ocurrió invadir a la antes mencionada y todo ese asunto desagradable.
Lo mismo pasa con Bosnia y Herzegovina y Croacia, que hasta 1990 compitieron como Yugoslavia y que se presentaron ya como una federación, rota, en el torneo de Francia 98… Y luego tenemos lo de Zaire, que fue el Congo Belga y ahora es una República (disque) Democrática, y que antes fue Zaire, y al que no hay que confundir con Congo, que fue colonia francesa, mientras la anterior, la que sí compiten fue el coto de caza del infame rey Leopoldo.
Seguir así un torneo se vuelve un imposible, y eso que estamos hablando de medio ubicar de quienes estamos hablando cuando nos sentamos a ver a Curazao contra las Islas de Cabo Verde, que en su día sirvieron de referencia al papa Alejandro para dividir América entre portugueses y castellanos.
Luego lo más difícil, saber a quiénes estamos viendo jugar cuando los narradores (que tienen una hojita con los nombres), hablan de que el balón lo pierde por la banda un tal Nuno da Costa, o que el que acaba de darle el patadón a Mbappe se llama Armando Obispo, que quería recuperar el balón que acababa de perder su compañero Jearl Margarita.
Así, de plano, no se puede.
Abur.
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