El discurso de Mark Carney
Esta semana nos dio la sorpresa el discurso de Mark Carney en la sede de la reunión en Davos. Ese discurso marca la convocatoria a una nueva gramática política tanto en lo nacional como en lo internacional, o en lo interno y en lo externo. El discurso de Carney constituye una llamada urgente a la honestidad y a la coherencia en la acción internacional.
En un mundo posmoderno, marcado por la fragmentación, la volatilidad y el declive de las grandes narrativas. La ética política ya no puede sostenerse en ficciones útiles ni en rituales vacíos.
La legitimidad y, con ella la capacidad real de transformación, surge cuando los actores, en especial las potencias medias, deciden vivir en la verdad, nombrar la realidad sin eufemismos, aplicar los mismos estándares a aliados y a rivales y construir instituciones que funcionen en la práctica y no solamente en la retórica.
Esta ética exige abandonar la nostalgia por órdenes pasados y asumir la responsabilidad de imaginar y construir nuevas formas de cooperación, resiliencia y pluralidad.
La fuerza de los menos poderosos reside en su capacidad de actuar juntos, de edificar soberanía desde la honestidad y de resistir la coerción mediante la diversificación y la acción colectiva.
En ese sentido, la política se redefine como el arte de la coherencia y la valentía. La valentía de retirar el letrero de la mentira, de enfrentar la realidad y de apostar por un orden más justo y sostenible, donde la pluralidad y la solidaridad sean principios rectores.
Esta nueva gramática política que se infiere del discurso de Carney es en suma una invitación a la ética de la verdad y a la política de la resiliencia. En ella, la dignidad y la justicia no aparecen como concesiones de los poderosos, sino como conquistas de quienes eligen actuar con integridad y visión colectiva.
En este momento de cambios profundos y desafíos globales, México está llamado a ejercer una política internacional basada en la honestidad, coherencia y dignidad.
No podemos seguir sosteniendo ficciones ni participando en rituales vacíos que perpetúan desigualdades y debilitan nuestra soberanía.
La verdadera fortaleza del país reside en la capacidad de nombrar la realidad tal como es, de aplicar los mismos principios a todos los actores y de construir instituciones y acuerdos que funcionen en los hechos.
No solamente en sus narrativas, la ética política que México necesita implica dejar atrás la nostalgia por órdenes internacionales agotadas y asumir la responsabilidad de crear nuevas formas de cooperación y resiliencia.
Nuestra soberanía se fortalece cuando actuamos con integridad, cuando diversificamos nuestras alianzas y cuando apostamos por la pluralidad y la solidaridad como ejes de nuestra política exterior. Para ello hay que empezar en casa.
En un mundo fragmentado y cambiante, México no debe limitarse a reaccionar ante las decisiones de los poderosos. Debe convertirse en protagonista, construir su fuerza desde dentro y unirse con otras naciones para impulsar un orden más justo y sostenible
La dignidad y la justicia no son dádivas de quienes concentran el poder. Son logros de quienes deciden actuar con valentía, honestidad y visión colectiva.
Hoy más que nunca, México tiene la oportunidad y la responsabilidad de dejar de fingir, enfrentar la realidad y construir junto con otros un futuro donde la cooperación genuina y la pluralidad sean base de la paz y del desarrollo.
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