El graduado

Debo rebajar las expectativas: allí donde dice ‘el graduado’, debe decir ‘el
diplomado’, porque graduación, lo que se dice graduación no hubo. Ya nomás faltaba.


Y es que quiero aprovechar que el dueño de la verdad eterna, el sabio de oriente Max Arriaga, anda haciendo berrinche porque le quitaron el hueso de las manos, lo que tiene en vilo a toda la Nueva Escuela Mexicana, sea lo que sea tal cosa, y a la Biblia de texto gratuito, a la que, dada su inspiración divina, no se le puede agregar o quitar ni una coma, para dejar de lado los asuntos elevados de antes, el sacrificio de Daltón, al misterioso Zaid y otros temas capitales y de altura, para bajar a la altura del betún, es decir: a ras del suelo.


No todos los días nos enteramos que alguien desafía los dictados de nuestro Pió Nono tropical.


A lo que me truje: el cánido asaz destructor se fue, no a la guerra como Mambrú, sino a una escuela de adiestramiento; un par de tenedores expertos de perros me la recomendaron y yo me decidí en aras de la convivencia, y cuando más de una vez anduve ya pensando en ofrecerlo en donación voluntaria a un granjero ovejero de la región, con su casa, sus juguetes y un costal de croquetas carísimas de Qatar, todo a manera de compensación por los estropicios futuros.


A mediados de diciembre la bestia húngara, conocida en los bajos fondos como László (el alfabeto húngaro tiene catorce vocales y dos de ellas don doble tilde aguda), fue a su reconocimiento de admisión, no entiendo por qué azaroso prodigio admitido y citado para ser recluido el seis de enero, a manera de regalo de Reyes.


Nadie que no tenga un perro, o un gato (o incluso una tortuga o un víbora
coralillo), entenderá toda esa industria en torno a los animales de compañía, domésticos o no; yo antes de ésto jamás me imaginé todo lo que hay alrededor de las mascotas, incluidos cementerios, crematorios, estéticas, hospitales y todos los etcéteras.


Total que el bicho se fue; me explicó el instructor que aquello duraría de cuatro a seis semanas; si estaba tan apegado a la bestia peluda, podía ir por él los sábados al mediodía y devolverlo los lunes temprano, oferta que rechacé: lo mejor, pensé, es no interferir en su adiestramiento y que fuere lo que San Antón quisiere.


La última semana, a saber la quinta de su etapa en la correccional, fue para adiestrar a mí, en los secretos de cómo conducir al perro por la vía de la urbanidad, en la medida de que puede hacerse eso con un can –y que es una medida mayor que la de muchos humanos que yo conozco, por cierto.


Total que el viernes se llegó la hora de recoger al bicho; recibí las últimas
instrucciones, hice las últimas preguntas pertinentes y Roberto Dávila, que así se llama el taumaturgo que consiguió domeñar al cánido antes de pulsiones luciferinas, llenó un diploma, donde tuvo a bien, amén de un trabajo impecable, escribir correctamente el nombre de László, con sus dos acentos –No, el perro no se llama ‘Lalo’, suelo corregir a algún lelo.


El caso es que aquí lo tengo a mis pies, viéndome escribir, seguro pensando que estoy escribiendo algún novelón digno de un Musil, y no estas líneas apresuradas, tras las cuales voy a devolverme, con la venia de la antes bestia asaz destructiva hoy convertido en un lord inglés, a mi cama donde estoy rumiando una influenza estacionaria (así como suena), que, como es evidente, me tiene nublado el entendimiento.


Por cierto que éstas líneas me recordaron aquella vez que un famoso dipsómano llegó al restaurante de mi tío Marcelino Meana, qepd, con un enorme pastor alemán; ante los reclamos de comensales y del mismo Marcelino, el del perro se fue y nos dejó allí el can. Este se echó a los pies de la mesa y no se movió en toda la tarde. Cuando el dipsómano de antes volvió, a las tantas, alguien de la mesa le invitó a marcharse y a dejar en su lugar al dócil y educado animal.

–Se porta mejor que tú–le dijo.


Esto porque al cantar las virtudes del proceso, alguien me dijo que si el
adiestrador no podía hacer algo por… Aquí va el nombre de un conocido nuestro que es famoso por hablador, mentiroso, imprudente y metomentodo. Yo les dije que el citado entrenador era muy bueno, pero que al tipo de marras, a quien le dicen el ‘Bache’ o el ‘Yódex’ (todos le dan la vuelta y desbarata las bolitas), había que conseguirle un domador de tigres, aunque yo creo que ni así tiene remedio.


Pues yo a lo mío, que es seguir con mis delirios, pero en la comodidad de mi lecho. Abur.

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Agustín Morales
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