El infierno desatado
No es que piense mucho en el infierno (ni en el cielo, por cierto), pero ayer, por el domingo de hechos, se convirtió en la palabra de moda.
“Se desató el infierno”, escribió un amigo mío, que vive en Guadalajara, cuando en nuestro pequeño grupo de amigos y ex condiscípulos, comenzaron las preguntas del caso: ¿todos bien?; más tarde, cuando los teléfonos comenzaron a arder, ya que estamos con licencias poéticas, junto con videos de explosiones, columnas de humo, balaceras y otras linduras —parece que se acabaron los abrazos–, se hablaba que en la zona de Zapopan, de Providencia (en Guadalajara), en las carreteras de tal o cual lugar, se había ‘desatado el infierno’, una expresión que nos hace entender que el mentado infierno estaba atado.
Dicen que Sartre aseguraba, antes de la supuesta conversión de cuarto para las doce (al judaísmo, por cierto, de ser verdad), que no es que no pensara en el m´s allá, pero que lo hacía con el rabillo del ojo solamente; ni rabillo del ojo es de esos. Estoy tan entretenido en vivir que hoy por hoy no es que me entretenga mucho en pensar en alguna vida ulterior.
Hay veces, debo admitirlo, que pienso en algunos conocidos bribones –conocidos míos, claro–, que a su baja estofa unen su condición de beatos de palabra y me gustaría mucho que existiera su infierno, no para otra cosa para que ardieran allí, no a la manera dantesca, que tiene su fondo de magnificencia, sino, como me explicó una maestra mía de la infancia (y que, verán por qué, era muy bruta la pobrecita), que imaginaba el averno, báratro, chimbolero (y se me acaban los sinónimos), como una olla ardiente donde las almas caían como cascada de frijoles.
Y es que hay que precisar que esto del infierno es un asunto de cristianos, y poco tiene que ver con el Hades griego (el Tártaro de Virgilio), con la Gehena judía y otros lugares de condenación ulterior; una de las diferencias es que del infierno de los cristianos no sale nadie. Por lo demás sabemos poco de ese lugar de castigo sin final, del que apenas se habla en las Escrituras como ese lugar del “llanto y el crujir de dientes” y, según Mateo, fue preparado para el diablo y sus ángeles rebeldes –y luego aprovechado para mandar allí a los impíos.
Ya que estamos con Sartre, al que podemos acusar de casi todo menos de ser un critiano, ni bueno ni malo, aprovechó los vacíos semánticos para proferir su cita citable: el infierno son los otros, lo que nos recuerda que del averno sabemos más por la imaginería que por los textos canónicos. De hecho pensar en el Infierno es pensar en la Comedia de Dante, en El paraíso perdido de Milton y, de un tiempo acá, en obras y películas góticas y cine de terror. Buscando alguna referencia más, me encontré una muy curiosa de Percy B. Shelley, que aseguraba que el infierno ‘era una ciudad muy parecida a Londres’. se ve que el señor no supo de lugares más tétricos (pienso al vuelo en Ecatepec, o Ciudad Neza).
Ya sobre alguna posible visión de tal lugar desatado, se la debemos a la Comedia sí, pero también a la imaginación de Doré, que también es, por cierto, quien nos enseñó al enjuto Quijote y al rubicundo gigante Gargantúa, por no hablar del Gato con botas, la Bella durmiente y a Caperucita y al lobo (entre otros cuentos de Perrault).
A media mañana me habló mi hijo de Madrid y me dijo: acá la prensa dice que se desató el infierno, también en Aguascalientes (que no es el paraíso, ciertamente, ni nada de lo que nos quieren hacer pensar, pero que tampoco está tan tan mal); hoy mismo me llaman de Jerez, España (no Zacatecas, otra sucursal del lugar de marras, supongo) para decirme más de lo mismo.
Yo les digo a los que me cuestionan, lo mismo que puedo decirles ahora a ustedes: de lo de ayer me enteré igual que todos por estos rumbos: en redes, en WhatsApp, en las ediciones especiales de los noticieros que sintonicé mientras comía tranquilamente en casa. Nunca fue, ni es, ni será mi intención convertirme en súbito experto en temas de los que más bien sé muy poco y quisiera saber menos.
A media tarde, mientras leía un relato de Carrere, escuché sirenas en lontananza; más tarde, no mucho, escuché algo que supuse detonaciones; la verdad es que no sé si eran balazos, cohetones lanzados por algún oligofrénico, un vecino distante espantando rateros a tiros o, como dice alguna versión oficial, escapes de coches antiguos; o globos reventándose o el personaje aquel de la novela de Román Revueltas espantando a un perro haciendo estallar bolsas de papel.
Por si las dudas yo aquí estoy en casa escribiendo un sesudo artículo, esperando que si tienen a bien, me avisen oportunamente si ya volvieron a amarrar al infierno.
Abur.
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