Escarbar con las manos
Este martes acompañé una jornada de búsqueda en campo junto a integrantes de colectivos de familias buscadoras, personal de la Comisión Estatal de Búsqueda de Personas de Aguascalientes y otras instituciones involucradas en la localización de personas desaparecidas.
He dedicado varios años a estudiar las desapariciones. He entrevistado familiares, acompañado distintos procesos de búsqueda y analizado este fenómeno desde la sociología. Aun así, cada jornada de campo tiene la capacidad de recordarme aspectos de la desaparición que rara vez aparecen en los informes, las estadísticas o el debate público.
Uno de ellos es que la búsqueda es, ante todo, un trabajo especializado.
Desde fuera solemos imaginarla como una expresión de dolor. Y ciertamente lo es. Pero en el terreno aparecen también la organización, la disciplina y el conocimiento. Hay planeación previa, análisis de información, delimitación de áreas, recorridos sistemáticos, protocolos, herramientas especializadas y coordinación entre instituciones y sociedad civil.
Durante las jornadas, se camina durante horas. Se observa el terreno. Se buscan alteraciones en el paisaje. Se revisan indicios. Se plantean hipótesis. Se vuelve a caminar.
En ese sentido, la búsqueda tiene algo de investigación, algo de trabajo forense y algo de aprendizaje acumulado durante años.
Vale la pena reconocer algo que observé directamente durante la jornada. En Aguascalientes, la Comisión Estatal de Búsqueda ha asumido la tarea de planear operativos, fortalecer protocolos, coordinar esfuerzos institucionales y acompañar a los colectivos en el trabajo de campo. Parte importante del conocimiento que hoy circula en las búsquedas se construye precisamente en esa interacción cotidiana entre familias, especialistas e instituciones.
No siempre ocurre así. En distintas regiones del país, las madres buscadoras han tenido que aprender solas. Han salido al campo sin acompañamiento suficiente, sin recursos adecuados y, en ocasiones, enfrentando riesgos extraordinarios. Buena parte de los avances en materia de búsqueda en México han sido impulsados precisamente por esas familias que se negaron a esperar inmóviles.
Quizá por eso resulta tan importante reconocer los espacios donde la colaboración entre sociedad civil e instituciones sí logra traducirse en acciones concretas. Porque la búsqueda de personas desaparecidas es demasiado compleja y demasiado dolorosa para recaer exclusivamente sobre los hombros de quienes ya cargan con la ausencia.
Sin embargo, al final de la jornada, no fueron los protocolos ni las herramientas lo que permaneció en mi memoria.
Fueron las manos.
Las manos de quienes buscan.
Porque hay algo profundamente perturbador en la imagen de una persona removiendo la tierra para encontrar a alguien que ama.
Quizá porque contradice una expectativa básica sobre cómo debería funcionar una sociedad. Es decir, ninguna madre debería tener que aprender a identificar indicios en el terreno. Ningún padre debería familiarizarse con fosas clandestinas. Ninguna familia debería verse obligada a desarrollar conocimientos que corresponderían a especialistas.
Y, sin embargo, miles de familias en México han tenido que hacerlo.
Mientras caminábamos por el terreno pensaba que una de las mayores dificultades para comprender las desapariciones radica en que se trata de una tragedia construida alrededor de la incertidumbre.
En efecto, la muerte tiene rituales. Incluso en las circunstancias más dolorosas, existe la posibilidad de una despedida. La desaparición, en cambio, suspende toda certeza. No se sabe exactamente qué ocurrió. No se sabe dónde está la persona. No se sabe cuándo terminará la espera.
Por eso la búsqueda no consiste únicamente en encontrar.
Consiste también en responder preguntas.
En reconstruir una historia interrumpida.
En reducir, aunque sea un poco, la incertidumbre que acompaña a las familias durante años.
La jornada del martes terminó con un hallazgo positivo. La expresión, utilizada habitualmente en el ámbito de la búsqueda, encierra una paradoja difícil de explicar fuera de estos contextos.
Porque encontrar restos humanos nunca es una buena noticia.
Y, sin embargo, a veces también lo es.
No porque alguien celebre el hallazgo de un cuerpo. Sino porque así es como aumenta la posibilidad de que una persona regrese a casa. Porque todo hallazgo abre la puerta a una identificación. Porque permite responder preguntas que durante años permanecieron suspendidas. Porque ofrece a una familia algo que muchas veces parece inalcanzable: una certeza.
Quizá esa paradoja explica mejor que cualquier estadística la naturaleza de esta crisis.
Las familias no sólo buscan personas.
Buscan respuestas.
Buscan verdad.
Buscan la posibilidad de cerrar una herida que permanece abierta mientras la incertidumbre continúa.
¿Qué tiene que pasar en un país para que una madre termine escarbando la tierra con sus propias manos?
La respuesta es incómoda porque habla de una crisis que lleva años acompañándonos. Pero también porque revela algo más.
Lo extraordinario no es que existan colectivos de búsqueda.
Lo extraordinario es que nos hayamos acostumbrado a ellos.
Y, sin embargo, ahí siguen.
Buscando.
Negándose a aceptar que la ausencia se convierta en olvido.
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