Frases como la escarcha
Café de por medio, abundante, negro como el infierno (Tayllerand), me dospingo a escribir este articulo; apenas hace un rato he regresado de un paseo callejero: la tarde en la calle es tibia, mustiamente soleada, ventosa, en general pasable; he salido para entrar en calor, pues quien diseñó mi casa (y al parecer casi todas en el rancho), tiene el don de la genialidad: lograr que un par de días nublados conviertan el calor del hogar en un frío siberiano.
Aprovecho que los templados dedos del sol agitan mi abundante y nivosa cabellera, para pensar en qué abordar en este dietario, y entonces me veo en la cámara helada donde he de sentarme a escribir y me imagino a Dostoievsky, pobre, epiléptico, a salto de mata por las deudas de juego, contando por entregas la carcoma que devora el alma del asesino Raskolnikov, aunque la comparación es del todo exagerada e innecesaria.
De regreso a casa, que se hace tarde y como sea el sol ya se precipita sobre los caseríos del poniente, pienso en que entre las muchas antologías que nos han dado los anticuarios, no hay alguna, o no conozco ninguna, más bien, que nos cuenten sobre esas obras que fueron escritas en condiciones extremas, que no son pocas.
Pienso en Wittgenstein en las trincheras de Galitzia, o en los paisajes nevados del Trentino, antes de caer preso por los italianos, quienes le confinaron a Monte Cassino, donde terminó el Tractatus.
Por allí sobrevive al paso del tiempo, mi ajada edición del Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn, que compré de tercera o cuarta mano en un tendajón del Baratillo de Guadalajara, ha ya más de 40 años; escrito en los extremos rigores de la inhabitable siberia, ese premio le ganó el Nóbel, la expulsión y la pérdida de la nacionalidad soviética, y la amistad de Böll –otro Nobel al que le tocó lo suyo a raíz de su novela El honor perdido de Katharina Blum, a propósito de cierta prensa que sigue creciendo como un cáncer que carcome el sistema inmunológico de la enfermiza democracia.
Me remonto a mi infancia y a Dustin Hoffman, haciendo de Louis Dega, comiendo cucarachas, para recordar la película homónima de Henry Charriere, que no leí y que vi a hurtadillas, y que como sea fue escrita luego de que ‘Papillon’, ya estaba libre en Venezuela y no en las islas penitenciarias e infernales de la Guayana Francesa; entiendo que hace unos años se filmó una nueva versión de la gesta de Charriere, misma que no pienso ver.
Me queda, naturalmente, la vida infame de Jean Genet y su maravillosa obra, especialmente Nuestra Señora de las Flores, escrita en condiciones horriblisimas en la prisión de Fresnes y, para más inri, fruto de una segunda versión manuscrita, en papel que se ofrecía a los presos para confeccionar bolsas, pues la primera fue confiscada y quemada por un desafecto guardia de prisiones, y publicada gracias a la defensa de ínclitos personajes de la talla de Cocteau y Picasso; por cierto que a Genet le fue peor anímicamente con el ensayo que le dedicó Sartre (esa virtud tenía el existencialismo de quince para las cuatro), que en las cárceles donde habitó media vida.
No me da el espacio para seguir abundando, ni tampoco es que tenga mucho más ideas en esta cabeza mía, nevada por fuera y con escarcha por dentro; por lo pronto me libré, y con ello a ustedes, de tener que abordar cómo y de qué manera resuenan los tambores de guerra y cómo la gente no se entera, dada como está en las frivolidades, esas tan comunes en tiempos previos a que las cosas se pongan feas. Hay que recordar que a los que se ponen agoreros en éstas circunstancias (piense usted en Austria Hungría en el 14), los acaban tachando de Casandras.
Y cómo tengo poco que agregar y poco espacio para hacerlo, reconociendo que las condiciones extremas en que escribo esto no lo son tanto –mi casa está moderadamente templada y la vista de mi ventana es espectacular–, me despido por todo lo alto citando el aforismo siete del gran Ludwig: Sobre lo que no se puede hablar hay que callar.
Abur.
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