Informe de Gobierno

Por regla general, en muchos países del mundo existe un día al año en que los Jefes de Estado de Gobierno acuden al Parlamento o al Congreso a informar cómo van las cosas en sus países y en algunos de ellos es una práctica normal, e incluso saludable, sostener un debate con los legisladores.

En México, estos eventos donde se mezcla una combinación de anecdotario y de folklore, los gobernantes también tienen la obligación de presentar anualmente un informe por escrito, sin debate ni discusión. Pero más allá de la escenografía, ¿para qué sirven estos informes en realidad? La respuesta corta es que en estos tiempos de comunicación, en tiempo real y de redes sociales para nada, aunque debería ser una oportunidad para hacer una reflexión de fondo sobre el pasado inmediato y el futuro más próximo. La respuesta larga, en cambio, amerita algunas consideraciones más detenidas. La primera es que el informe puede ser un ejercicio casi psicoanalítico, dependiendo de la coreografía y del formato, es una terapia donde los gobernantes buscan una compensación a sus carencias vitales o emocionales y una exhibición de culto a la personalidad. Desean intensamente sentirse queridos, aunque sea de manera cosmética, y disfrutan estar en su elemento rodeados de miles de personas que, en realidad, no solo no saben a qué van, sino peor aún, al día siguiente casi nadie recordará el contenido.

La segunda pista es convertirlo en un foro para la oratoria política, para anunciar cosas, responder, exagerar, suponer, inventar, maquillar cifras, recurrir a la grandilocuencia y la pomposidad y desde luego, a veces para mentir, basta verle incontable cantidad de falsedades que formulan López Obrador en cada uno de sus informes confiando en que nadie se dará cuenta.

En el mundo hay dos escuelas de gestión pública: una, la vieja escuela, es la que se limita a anunciar qué se va a hacer, construiremos, entregaremos, haremos, llevaremos e invertiremos de promesas acerca de todo tipo de cosas, desde el agua hasta la felicidad absoluta.

La nueva escuela, en cambio, consiste en informar acerca de todas las acciones y políticas que efectivamente se realizaron debidamente documentadas de manera evidente, tangible y comprobable y de los objetivos que se alcanzaron. Por desgracia, esta segunda modalidad es bastante escasa, hoy a todo nivel.

La tercera consideración es que los informes podrían servir para hacer una reflexión seria, profesional y rigurosa de la tarea de gobernar, puesto de otra forma ¿cómo aprovechar a uno con sus rigideces un ejercicio de esta naturaleza? En principio, naturalmente, para rendir cuentas. Algunos gobernantes creen que cuando llegan al cargo, aquello que era público es ahora su coto privado y que pueden hacer con ello lo que les venga en gana, como no es así, ni desde el punto de vista legal, ni política, ni moral, entonces estarían obligados a rendir cuentas claras y puntuales de lo que realizaron, y esta debiera ser la condición esencial de un informe. Una segunda es hablar desde la verdad. Parece raro apelar a este valor en la política, pero buena parte de la corrosión, y de la corrupción imperante, deriva de que se ha perdido todo sentido de recato, de honradez y de sinceridad en el ejercicio público.

Una tercera tiene que ver con la coherencia que hay o no entre lo que se prometió en campaña y los planes de gobierno y lo que se hizo o se está haciendo en la realidad concreta. Una cuarta es hacerlo con transparencia. Solemos ver todos los días que los gobernantes anuncian una inversión tras otra, pero no sabemos si para ellos se siguieron con rigor y con esa actitud, los procedimientos legales respectivos. Una quinta consideración es valorar la efectividad de lo que se realizó, para qué sirvió tal o cual programa, cómo mejoró en concreto el crecimiento, la salud, la educación y la seguridad. Y finalmente, la interrogante crucial: ¿estamos mejor o estamos peor que uno, tres o seis años atrás? ¿Realmente el gobierno X o Z está haciendo una diferencia? Dicho esto, ¿para qué sirven los informes de gobierno? Sin reunir estas condiciones y sin rendir cuentas claras, todo parece indicar que para muy poco.

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Otto Granados
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