Invasión a Venezuela

Durante la madrugada de este 3 de enero, Estados Unidos invadió Venezuela, utilizando fuerzas militares de élite en tierra, ataques con bombardeos aéreos, y una operación de inteligencia que -por su naturaleza- contó con activos dentro del propio país, para realizar un ataque quirúrgico que tuvo como finalidad capturar a Nicolás Maduro, sobre quien pesan acusaciones de narcoterrorismo, incluida la todavía no probada acusación de que Maduro dirige el presunto Cartel de los Soles.

Así, en rueda de prensa, Donald Trump confirma la captura del presidente venezolano, y anuncia que Estados Unidos ocupará el vacío de poder que deja Nicolás Maduro mientras se configura un gobierno de transición en el que se prevé la participación de María Corina Machado, una de las voces más activas de la oposición que pedía la intervenión militar de Estados Unidos en su país, y quien recién recibió un cuestionado premio Nobel de la Paz.

El tema no es menor. La historia nos ha probado que cada vez que Estados Unidos invade a un país y decapita a su gobierno, lo que sigue no es la libertad ni la democracia; sino el caos, la ilegalidad, la carnicería por los restos del poder, la respuesta de un régimen fragmentado pero todavía con poder militar, y más víctimas directas e indirectas sin posibilidad de acceder a los Derechos Humanos. Así pasó en Irak, con Saddam Hussein, en Libia con Muamar Gadafi, o en Afganistán con el régimen Talibán.

En la rueda de prensa, Trump enfatizó que el ataque a Venezuela debe poner en alerta a quien quiera poner en peligro la soberanía de Estados Unidos. Esto es una clara amenaza y una toma de postura para todos los países del continente que no se alineen a las políticas de Norteamérica; especialmente México, por el contexto de los cárteles nombrados como organizaciones terroristas y la declaratoria del fentanilo como arma de destrucción masiva.

Que Estados Unidos haya invadido Venezuela y capturado a su presidente, es una alerta para todos los países. Nadie celebra la existencia de dictadores, ni se defiende a los gobiernos antidemocráticos. Es decir, no se trata de abogar por Maduro, sino por el debido proceso, por la existencia internacional del derecho, por la civilidad entre países; ya que, el siguiente movimiento, bien pudiera ser contra nosotros.

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Alan Santacruz
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