La ‘abuela sicaria’ y el espejo de un país roto

El video es breve, crudo y desconcertante. Una mujer de edad avanzada, vestida con ropa casual y portando un arma de fuego, aparece en la escena acompañada por un par de hombres. Caminan hacia una vivienda en Chalco, Estado de México. Las voces se alzan, hay un intercambio de gritos, y de pronto, la mujer apunta y dispara. En segundos, un joven cae al suelo. La cámara, sostenida por un familiar de las víctimas, capta el horror sin filtros: disparos, gritos, confusión, y luego el silencio. La escena causa asombro por el perfil de quien acciona el arma; provoca incredulidad que una mujer mayor pueda actuar con esa frialdad; y genera horror, porque en ese momento lo imposible parece haberse vuelto cotidiano.

Este episodio no puede entenderse bajo la idea de un Estado ausente. Como propone el historiador Pablo Piccato, profesor en el Departamento de Historia de la Universidad de Columbia en Nueva York y autor del libro Historia mínima de la violencia en México, lo que podríamos ver aquí es a un Estado ambivalente: un Estado presente para unos, pero ausente para otros; un Estado fuerte cuando se trata de garantizar impunidad, pero frágil cuando se trata de proteger derechos. 

El acceso a las armas y a la violencia no es exclusivo del crimen organizado o del poder político. Como el mismo Piccato señala en su análisis sobre la "violencia democratizadora", sectores populares, trabajadores, campesinos y mujeres mayores, se arman y se violentan como forma de agencia, de autoafirmación, de justicia. 

La "abuela sicaria" había denunciado, sin éxito, el despojo de su propiedad. Las autoridades no intervinieron. Pero ella también portaba un arma ilegal, y actuó con una seguridad que sugiere la convicción de que también su acto quedaría impune. La complicidad del Estado opera en ambas direcciones: en el abandono de quienes han sido víctimas del despojo, y en la tolerancia a la justicia por mano propia. El hecho de que sea madre de un exdiputado del PRD y resida en la Ciudad de México complejiza su perfil: su historia no es la de una víctima marginal y anónima, sino la de alguien con posibles vínculos sociales o políticos.

Este caso también pone en juego discursos contradictorios sobre la violencia. Por un lado, se criminaliza a quien dispara; por otro, se justifica su acción como acto de defensa. La "abuela sicaria" se convierte en figura simbólica: para algunos es víctima, para otros, una agresora. Este conflicto de interpretaciones refleja una sociedad donde la violencia se normaliza, pero también se legitima selectivamente. Lo que hoy es condenado, mañana puede ser aplaudido; depende del rostro, del contexto, del arma y del relato que la acompaña.

Detrás del personaje viral también hay una mujer. Que haya usado un arma no borra su condición de género, ni impide considerar que, como muchas mujeres mayores, pudo haber atravesado formas específicas de violencia. Pero incluso ahí, la violencia puede operar —ya sea a través del despojo, el abandono o el silenciamiento. La figura de la mujer armada incomoda porque rompe estereotipos, pero también porque revela una injusticia acumulada que, ahora lo sabemos, puede anidar incluso en quienes parecen tener poder o conexiones.

Finalmente, hay que recordar que, aunque la violencia tenga un fin específico, la violencia rara vez se detiene donde uno la imagina. Como advierte Piccato, los efectos de la violencia son inciertos. Sin duda, el disparo de una abuela puede desatar una crisis, abrir heridas, inspirar imitaciones, alimentar discursos punitivos o, en el peor de los casos, normalizar lo inenarrable. Y es ahí donde debemos tener cuidado, porque la violencia nunca termina donde empieza.

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión.

 

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Edgar Guerra
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