La humillación de Hugo Aguilar a los mexicanos

Hoy es un día que pudiéramos decir simbólicamente de duelo nacional. El pasado jueves los mexicanos fuimos humillados por el Ministro Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Hugo Aguilar, que sin ambages entró en un proceso de despotismo, en un acto tan simbólico como el aniversario 109 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Y me pregunto, ¿en dónde están las instituciones y las expectativas democráticas? El gesto simbólico y su carga institucional.

El Ministro Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación humilló a la directora de Comunicación Social y con ello de la propia Suprema Corte, por consiguiente, a la nación. ¿Permitió o lo solicitó? No lo sabemos, pero el acto se llevó a efecto, le limpió los zapatos hincada la directora de comunicación social antes de entrar al recinto histórico. Un símbolo devastador cuando ocurre en un espacio cargado de memoria constitucional.

Es un aniversario de nuestra Constitución, de nuestro pacto político, el lugar donde se firmó cada gesto se vuelve político, ritual y pedagógico. Ello me da tres lecturas esenciales: una de corte republicano. La expectativa de austeridad, igualdad y dignidad pública quedó destruida. El histórico, el contraste entre los ideales de 1917 y las prácticas actuales que destruyen nuestro pacto político.

La lectura emocional, esa sensación de humillación colectiva porque Hugo Aguilar Ortiz no se representa a sí mismo. Y aquí está el reclamo, representa al Estado mexicano del que formamos parte todos. Somos integrantes de esta patria que tanto queremos.

Es una contradicción entre discurso y práctica, especialmente cuando se presenta en un acto democrático y en un contexto de participación electoral limitada. La tensión entre legitimidad formal y legitimidad social. A Hugo Aguilar, lo sostiene el 9% de la lista nominal de actores más el famosisísimo acordeón electoral que fue validado por la autoridad electoral y la jurisdiccional. Un déspota con la idea que llevó a la democracia, a la justicia, se vuelve un amplificador de malestares.

Jamás pensé que me tocaría ver un acto tan humillante, no solamente para la directora de Comunicación Social que lo permitió, sino para todas y todos los mexicanos. Un déficit de legitimidad performativa.

La institución no cumple la forma ni convence en el fondo. Una erosión simbólica cuando esos gestos públicos contradicen los valores que dicen encarnar. Un acto verdaderamente degradante y ofensivo. Esa reacción es parte de un fenómeno más amplio.

La ciudadanía interpreta los actos públicos como señales del estado moral de la República. Junto a este asunto del Ministro Presidente de la Suprema Corte está el del alcalde de Tequila, Jalisco. Ambos casos alimentan una narrativa de contradicción, discursos de transformación, justicia, democracia que chocan con prácticas que parecen que los desmienten.

Lo que realmente está en juego, más allá de los nombres propios, lo que está en disputa, es la credibilidad de los rituales republicanos.

La coherencia entre el discurso y la conducta pública, la capacidad del Estado para representar dignidad y no servilismo, dignidad y no autoritarismo, la confianza ciudadana en que la ley se aplica de manera pareja.

Cuando estos elementos se fracturan, la ciudadanía siente que la nación es humillada no por un individuo, sino por la desconexión entre las instituciones, los valores y virtudes que nos unen a los mexicanos.

Una prueba más de que una reforma electoral que no entiende la democracia ni el procedimiento es signo de una tiranía. Lo que pasó el 5 de febrero es una página que necrosa nuestra historia nacional.

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Ignacio Ruelas Olvera
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