La joroba de la tarde jorobada
Se puede decir, y hasta escribir para que quede constatación: ya llovió casi un diluvio ranchero. Entonces, la memoria que es un reborujo: una nostalgia que miente; una Edad Dorada de oropel y de orégano, medio de veras o medio que no. ¿Quién sabe lo que se da por sabido? Todo para imaginarse cosas que seguramente, o siquiera en supuesto, nos hablan de que todo tiempo pasado fue: ¿una paradoja quesque muy científica?
En las afueras a ratos nubea y a ratos nomás no: como que quiere llover, aunque no sabemos a quién ponerle lo ganoso del querer: ¿quién quiere? San Pedro, según las almas pías; el monote pétreo de Tláloc, según la paganía. Es como si el otoño, otoñal al bies, cobrara entidad y dijera: aquí andamos nomás (¿Tú y quién más?): que ya toca.
Son días, como no queriendo (y otra vez los quereres de ninguno en su asegún), melancólicos, tristones, de andar chipi y lepe, como zote. Ese reborujo de antes, una memoria no tan funesta (por aquel Funes del cuento), o sea que ni tanto, me dice que hace seis años que dejé la labor de cuatro décadas. Bandoneón en lontananza, como para ponerle épica a lo cotidiano: si veinte años no es nada, dos veces veinte: ¿dos veces nada?
Ya me imaginaba la holganza, el despatarre, el chirriar de la barriga ante el rascadero asaz de placideces en recua. Supongo, nomás de hacer cuentas, que trabajo más ahora que cuando tenía trabajo (ídem a medias): una paradoja casi cuántica y en cuantía: los grupos de clases, los artículos, las emisiones de radio y tevé.
Aquí se inserta una placidez que es neta: pura pureza al tuntun: apenas si tengo que salir de casa; otra en ristra: no tengo que tratar ni con tirios, ni con troyanos, ni con aqueos (que son aquellos que antes…) Cuando el deber me lleva a esas calles dejadas de las manos de… ¿de quién?, basta con mirar al suelo como caballo de picas para evitarme el pasmo y el susto tantas veces contado. El resto es la ignorancia gansa, aposta, que es adrede pero más.
Acopio a granel de asuntos que antes me importaban un rábano y ahora me interpelan medio, o un cuarto. Hacía cuentas nomás: seis sexenios ya sin tener que asistir a un informe de gobierno, que es un privilegio. Casi lo mismo sin tener que anudarme al cuello una corbata: un juego de esos que prefiguran un ahorcamiento pendular y gacho: un nudo gordo como quesque de harta elegancia de la de Francia.
Dicen los que dicen saberle a estos asuntos que el corbatón es un invento de mercenarios croatas, muy malevos y muy catrines para eso de la matazón mercantil; tales refinamientos fifís le gustaron al rey Luis de Francia y luego al señor Dior, por lo que los bembos y donjuanes se piensan que es un asunto de galos, como gala es la guillotina que aprieta el cuello, aunque un poco de más: ¡zaz! a lo bestia.
Un asunto que llega aquí, a esta tarde jorobada y borrosa: y es grave y serio: y aquí entra lo sombrío y se introduce un tono tristón, que no todo es memez: un adagio que es requiem, que es elegía: han seis años ya que se fue Quique; sin retóricas gachas: golpe helado, hachazo invisible y homicida, la trémula voz de Serrat repitiendo al cabrero Miguel, que era Hernández también. Que murió de 32, como Quique se fue de 30.
Aquí un resabio y una mueca, que es menester: no siempre me va a ganar la risa. Aquí un recuerdo y luego, algo parecido a un telón que cae de golpe: uno renegrido y que enluta, pero que no cubre lo recordado: al querido sobrino que seguramente se fue, qué de otra, pero que, por eso aquí le nombro, sigue por aquí tan cerca y tan presente. Aunque por más que afino el mirar no alcanzo a verle.
Abur.
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