La lección de Hungría
Este fin de semana, Hungría nos deja grandes lecciones de una elección de orden democrático en medio de una tormenta contraria.
La primera lección es que la hegemonía no se impone, se normaliza. Y esta lección es cultural. La hegemonía política se consolida cuando la sociedad empieza a verla como natural, inevitable o deseable por default. No se trata de coerción, sino de clima.
La idea que despierta el ya no hay alternativa se vuelve sentido común. Cuando la ciudadanía deja de imaginar futuros posibles y distintos, la democracia pierde su respiración. En segundo lugar, la oposición fragmentada es funcional a cualquier hegemonía.
Hungría nos muestra que la fragmentación opositora no es solo un problema electoral, sino estructural. Cuando las fuerzas alternativas compiten entre sí, se neutralizan mutuamente y dejan de ofrecer un horizonte reconocible. La democracia requiere competencia real.
No solamente en las urnas, sino en la capacidad de articular proyectos, causas, narrativas. Otro factor es el control del ecosistema formativo que redefine la competencia.
El caso de Hungría subraya un punto crítico. Cuando el gobierno domina la agenda mediática -no necesariamente por censura, sino por captura económica, regulatoria o simplemente narrativa-, la ciudadanía recibe información muy filtrada, hegemónica, homogénea Y emocionalmente muy cargada.
La pluralidad informativa es una condición de posibilidad de la deliberación. Sin ella, la elección se vuelve un ritual y no una decisión. Por otra parte, las instituciones pueden seguir existiendo sin funcionar como contrapesos.
Hungría nos demuestra que la erosión no requiere abolir organismos, sino vaciar su autonomía. Los contrapesos pierden fuerza cuando nombran perfiles leales en puestos claves.
Cuando se modifican las reglas de operación, cuando se reduce el presupuesto o cuando se les relega a funciones meramente simbólicas. La democracia no se debilita por la ausencia de instituciones, sino por la pérdida de capacidad de frenar, corregir y equilibrar.
Por otra parte, la economía plebiscitaria convierte la popularidad en legitimidad absoluta. Mayorías absolutas.
El método plebiscitario observado en Hungría, como en otros países, transforma la popularidad en un argumento político total.
Las encuestas dejan de ser instrumentos y se convierten en oráculos. La elección deja de ser competencia y se vuelve ratificación. La democracia entonces se reduce a un acto de adhesión emocional y no a una deliberación racional.
Sintéticamente, la advertencia democrática de esta pedagogía política que las elecciones de Hungría nos dan es que la democracia no se pierde de golpe, sino por capas.
Primero, la imaginación. Segundo, la pluralidad; tercero, la información; cuarto, los contrapesos. Y cuando se llega a los contrapesos se toca a fondo para amasar esa arcilla como el oficialismo que ejerce el poder lo requiera.
La lección entonces no es sobre un país. Se trata de un patrón. Cuando la ciudadanía actúa como si la hegemonía fuera inevitable, esta se vuelve realmente inevitable. Y cuando la ciudadanía recupera su capacidad de imaginar alternativas, la democracia vuelve a abrirse.
Estas cinco lecciones que nos da el pueblo húngaro al asumir una responsabilidad ciudadana debe alentar al pueblo de México de que puede crear una democracia que sea el conjunto de minorías en discusión para resolver los grandes problemas nacionales.
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