La paradoja de la economía
México llega esta semana con una paradoja. Algunos indicadores económicos mejoran, pero la incertidumbre no desaparece. La inflación bajó 3.1% anual en julio. El nivel más bajo en los últimos 6 años.
Sin embargo, los servicios siguen aumentando por encima del 4%. Es decir, aquellos que piensan que el mega salario mínimo resolvió el problema, pues no, ya tiene un déficit. Banxico, con prudencia, mantuvo las tasas de interés al 6.5%.
Esto significa que el crédito para empresas y familias seguirá siendo relativamente caro y que el Banco Central no tiene prisa por reducirlo. Al mismo tiempo, las finanzas públicas enfrentan un margen de maniobra cada vez menor.
La deuda pública sobrepasa el 51% del Producto Interno Bruto, mientras los ingresos del gobierno durante el primer semestre quedaron por abajo de lo programado. Pemex, además, aporta menos recursos a la Federación. A esto se suma un entorno internacional complejo. Muy complejo.
Estados Unidos comienza a mostrar señales de enfriamiento en su mercado laboral y México depende enormemente de aquella economía. La revisión del T-MEC será, previsiblemente, una negociación más dura. Habrá presión sobre reglas de origen, acero, aluminio y contenidos regionales.
Mientras en Norteamérica se discute cómo proteger sus cadenas productivas. China, por su parte, acelera sus exportaciones y cambia su composición. Ya no compite solamente con productos baratos, avanza hacia maquinaria, componentes e insumos de mayor valor agregado. Este es un desafío directo a nuestra industria.
Pero hay otra incertidumbre, quizá menos cuantificable y no por ello menos importante, la política. México necesita prospectiva, escenarios y decisiones de largo plazo. Sin embargo, la conversación pública está atrapada en una sucesión interminable de controversias y escenarios.
A cada error, denuncia, violación o cuestionamiento, el oficialismo aparece con un nuevo escándalo mediático y el escándalo para ha logrado paralizar el análisis. Esta es la pesadilla de nuestra vida compartida.
La economía nos obliga a pensar en el futuro, mientras la política nos obliga a reaccionar permanentemente el presente, el que vivimos hoy en el instante. El problema no es investigar los hechos ni exigir responsabilidades, al contrario, una democracia necesita transparencia, justicia y rendición de cuentas.
No aplazarlos hasta después de 5 años. El problema aparece cuando todo se convierte en espectáculo y la indignación sustituye la deliberación. México necesita dejar de gobernarse y discutir de sobresalto en sobresalto.
México necesita recuperar la capacidad de pensar antes de reaccionar, deliberar antes de descalificar y construir antes de improvisar.
Porque una nación no se defiende por el escándalo que domina las pantallas hoy, sino por las decisiones que será capaz de tomar cuando el ruido haya desaparecido.
Ese es el escenario que vivimos en esta semana. No se trata de defender ni a Rufo ni a Guerrero.
Las investigaciones lo dirán. Pero lo importante es que la justicia aparezca sin ideología, no sin los dados cargados, que aparezca de manera contundente a utilizar el derecho como un ecualizador de la justicia.
Pero al final lo que vemos son solamente ideologías. Así estamos.
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