La paz que no pacifica

Hay acuerdos que no firman la paz: apenas le ponen una pausa a la guerra. El entendimiento entre Estados Unidos e Irán pertenece a esa categoría. No nace de la reconciliación, ni de la confianza, ni siquiera de una salida estructural al conflicto. Nace de algo más frío y más poderoso: la necesidad de impedir que una guerra regional termine contaminando el sistema energético, financiero y político del mundo.

Por eso conviene leerlo con cuidado. Llamarlo “acuerdo de paz” puede ser demasiado generoso. Lo que existe, por ahora, es una tregua; una pausa negociada; un paréntesis de sesenta días para intentar resolver lo que no se resolvió con bombas, bloqueos ni amenazas. El programa nuclear iraní sigue siendo el centro del conflicto. El programa de misiles no desaparece. La red de aliados regionales de Teherán tampoco. Israel no se vuelve un actor cómodo dentro del arreglo. Y el estrecho de Ormuz, más que un punto geográfico, vuelve a recordarle al mundo que algunas rutas marítimas tienen más poder que muchos discursos presidenciales.

Ahí está la primera clave: este acuerdo no pacifica Medio Oriente; despresuriza los mercados. La reapertura de Ormuz no es un gesto diplomático menor. Es el alivio de una arteria por la que circula una parte central del petróleo y del gas que sostiene a la economía global. Cuando Ormuz se cierra, no solo se tensiona Irán; se tensionan los precios, las navieras, las aseguradoras, los bancos, las bolsas y los gobiernos que saben que una crisis energética se convierte rápido en una crisis social.

Estados Unidos necesitaba demostrar control. Irán necesitaba oxígeno. Y el mundo necesitaba que el petróleo siguiera fluyendo. Esa es la arquitectura real del acuerdo.

Trump podrá presentar el entendimiento como una victoria: detuvo la guerra, reabrió una ruta estratégica y obligó a Irán a sentarse en la mesa. Pero esa narrativa tiene un riesgo: si después de la guerra el resultado es volver a negociar el programa nuclear, entonces la pregunta será inevitable. ¿La guerra sirvió para imponer condiciones o solo para regresar, con más muertos y más costos, al punto donde la diplomacia nunca debió romperse?

Irán, por su parte, tampoco aparece derrotado. Consigue tiempo, margen económico y una salida que le permite conservar rostro ante su población y ante sus aliados. Pero esa ganancia también es frágil. Si el alivio petrolero no se traduce pronto en estabilidad interna, la tregua puede convertirse en una factura política. Los regímenes autoritarios suelen resistir mucho hacia afuera, pero se vuelven vulnerables cuando la promesa de resistencia no alcanza para llenar la mesa de sus ciudadanos.

Y luego está Israel. El actor que no cabe fácilmente en la foto de la paz. Porque para Washington el acuerdo puede ser una forma de contención; para Teherán, una forma de sobrevivencia; pero para Israel puede parecer una concesión peligrosa. Si el frente de Líbano no se estabiliza, si Hezbollah vuelve a operar como detonador, si Israel decide que la tregua fortalece a Irán más de lo que lo contiene, el acuerdo puede romperse no por lo que firmen Washington y Teherán, sino por lo que ocurra en un tercer territorio.

Ese es el verdadero problema de las guerras contemporáneas: ya casi nunca tienen un solo frente. Se pelean en el aire, en los puertos, en las monedas, en las cadenas de suministro, en las elecciones, en los discursos y en las rutas marítimas. Por eso también las paces son incompletas. Porque no basta con que dos gobiernos firmen si alrededor hay demasiados actores con incentivos para incendiar el papel.

La lectura de fondo es que el mundo ya no busca resolver sus conflictos; busca administrarlos sin que exploten al mismo tiempo. No se firma la paz porque haya confianza. Se firma una tregua porque el costo de seguir peleando empieza a ser más alto que el beneficio de ganar.

Y tal vez esa sea la frase que mejor define este momento: Estados Unidos e Irán no encontraron la paz; encontraron el límite del costo de la guerra.

La pregunta, entonces, no es si este acuerdo cambiará Medio Oriente. La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse una tregua cuando cada actor entiende la paz como una forma distinta de seguir ganando la guerra.

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Nadine Cortés
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