¿La playera de la Selección? Ni, muchas gracias
A la voz de “Mickey Mantle no va a hacer nada por ti” (A Bronx tale, de Robert de Niro), debo decir que no tengo, no tuve, ni tendré nunca una camiseta de la Selección Nacional mexicana.
Podría decir que no tengo ese placer culposo de ver los juegos del seleccionado y hasta de abrigar la íntima esperanza de que un día de estos den el esperado –e improbable– campanazo. Mentiría.
Lo cierto es que una vez quise con loco afán y profundo deseo, no solo la playera del equipo mexicano, sino todo el equipamiento: medias rojo granate, pantaloncillo blanco, playera verde, más un chándal, que dicen los españoles, que era, según lo recuerdo, una maravilla de diseño alemán (Adidas), extrañamente en azul marino, con la chaqueta con una capucha y que vendían en la recién cerrada Casa Ruiz; y que mi madre nunca me quiso comprar, alegando mi bajo desempeño escolar –yo tenía en ese aciago 78 trece años y batallaba horrores entre mi indisciplina y los horrores de ese invento luciferino que es el álgebra de Baldor -con el impío hereje de Al-Juarismi en la portada.
La adquisición de tal joya, cuando los ilusos niños mexicanos pensábamos que el equipo de José Antonio Roca iba a hacer un gran mundial, en la Argentina de los chacales (Videla, Massera y compañía), estaba condicionada a que el olmo diera peras, es decir, a que yo me comportara como el jovencito formal que no era: que me pusiera a estudiar, que dejara de escaparme de la escuela y que aprobara satisfactoriamente las materias. Como eso no pasó, pues me quedé sin mi equipamiento.
La decepción del deseo no satisfecho quedó en nada, cuando luego a esa selección (que vi en León ganarle a la selección de la extinta RDA, al fin alemanes), quedó humillada y en último lugar del torneo, y lo que antes era objeto del deseo quedó en un montón de trapos sin valor.
Desde entonces se me quitaron las ganas. Sobra decir que no tengo, no tuve, ni tendré tampoco, jerseys ni del Real Madrid, ni de ningún equipo (salvo una camiseta de algodón de los Chicago Cubs, que por cierto me regaló mi hijo y me queda algo chica); por allí anda una camiseta de los Pumas, que me regalaron unos antiguos directivos del Necaxa y dedicada y firmada por Hugo Sánchez, aunque la guardo como un recuerdo y no como una prenda que pretenda vestir nunca; bonito me voy a ver con una prenda rayoneada paseando por las calles.
Cuento esto para que los señores del banco se enteren –y dejen de darme la monserga–, con sus mensajes de que si incremento el saldo de mis cuentas me van a regalar una camiseta de la selección que, pinta, va a hacer el papelón en el mundial de este verano; si yo tuviera dinero para aumentar mi saldo y ganas de una playera que no pienso usar, pues iba y me la compraba.
Lo mismo para los de otro banco que me ofrecen la posibilidad de participar en un sorteo para unas entradas para un juego de la Selección en el torneo por venir, y que me inspira tantas ganas como las que tengo de que me inyecten ácido muriático en los ojos. Pensar en vuelos y hoteles carísimos, ir al estadio y confundirme con panzones disfrazados de luchadores o papanatas disfrazados del Chapulín Colorado, me provoca algo parecido a un horror místico.
Sobra decir que todas estas generosas ofertas me llegan por mensajería no solicitada a mi teléfono, donde además de paparruchadas de este tipo recibo llamadas en batería de números desconocidos que no suelo contestar. Un dia me van a hablar para decirme que acabo de heredar y por culpa de estos desalmados –extorsionadores, ejecutivos de banca, ofrecedores de servicios funerarios– no me voy a enterar.
Suelo no contestar, pero ahora resulta que algunos mensajes se cuelan a mi buzón de voz y me dejan saber que las Funerarias Longoria me tiene un paquete que es toda una ganga, por si un día de estos me da el pronto y ganas de irme al Valle de Josafat, que como destino turístico no es que me sea muy apetitoso; o que el servicio de internet tal me jura amor eterno e inolvidable, traducido en no sé cuántos millones de megas por la módica cantidad de un litro de sangre.
Como sea el peor de estos mensajes fue de una supuesta empresa de encuestadores a sueldo, que en mi buzón me dejaron la pregunta siguiente, que no sé si interpretar como una broma macabra o una señal apocalíptica. Una voz nasal planteó tal interrogante metafísica:
-¿Usted votaría por Paulo Martínez? Si su respuesta es no, marque tal número; si su respuesta es ‘no sé’, marque este otro…
Solo por ignorancia no contesté nada, pues el mensaje solo daba tres opciones y no encontré el número para contestar que “ni borracho”, ni la tecla para mandar saludar a la señora más longeva de su casa –de los encuestadores, claro.
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