Las encuestas electorales
2026 será la antesala de un año electoral muy importante para México porque podrá redefinir las estructuras de las minorías que integran nuestra sociedad.
En ese rubro, las encuestas han ocupado un papel estelar y en la teoría, las encuestas electorales son herramientas diseñadas para ofrecer una fotografía del momento político.
En la práctica se han convertido en un factor que distorsiona la competencia democrática y condiciona la voluntad ciudadana y hasta sustituye la narrativa y el debate público. Deforman la voluntad ciudadana.
Al hacer uso publicitario de las encuestas, hay quienes en el electorado se inclinan por apoyar a quienes aparecen arriba por inercia o por deseo de ganar, pero también tenemos el efecto contrario, una simpatía hacia quien va en los últimos lugares, que suele ser un efecto menor, desde luego, pero también existe lo que se ha dado a conocer como el voto útil, que es el electorado que abandona su preferencia para apoyar a quien tiene las posibilidades.
En todos los casos la decisión deja de ser plenamente autónoma y se vuelve reactiva a un dato que es externo y que no está bien regulado en nuestro procedimiento electoral. Las encuestas sustituyen el debate por una suerte de carrera de caballos.
La lógica de las encuestas desplaza la discusión sobre propuestas y capacidades y diagnósticos hacia una narrativa superficial como: quién sube, quién baja, quién ganó en la semana o quién ganó el día de hoy. La democracia se empobrece, con este mercado de encuestas. También se presentan como una ciencia exacta, aunque no lo es.
Las encuestas no son una ciencia exacta, son ejercicios estadísticos con márgenes de error, sesgos de muestreo o limitaciones metodológicas, sin embargo, suelen comunicarse como certezas. Cuando fallan -y fallan con mucha frecuencia-, erosionan la confianza en las instituciones, en los medios y en la propia idea de la participación ciudadana. ¿Cuántas veces no vemos invocando al perdedor que hubo fraude electoral? Porque las encuestas le daban el triunfo a su derrota.
También pueden ser usadas como herramientas de propaganda y de eso se refiere es este año preelectoral.
En contextos donde la regulación es débil como la nuestra, las encuestas se han convertido en instrumentos para inflar artificialmente la percepción de la fuerza política, para desmovilizar a los electores y crear un clima emocional favorable a una narrativa política, es decir, una frontera entre la medición y la manipulación que se vuelve muy difusa.
También sirven para invisibilizar a minorías y a nuevas alternativas. Debilitan la liberación y la deliberación democrática. Cuando la ciudadanía vota mirando encuestas en lugar de mirar propuestas, la democracia pierde su dimensión deliberativa. El voto deja de ser un acto de convicción y se convierte en un cálculo estratégico.
Las encuestas no son por sí mismas un problema. El daño surge cuando se usan sin transparencia, sin regulación, sin alfabetización estadística. Una democracia robusta, regula de manera clara sobre la publicación de las encuestas, las metodologías que son auditables, los medios que explican márgenes de error, así como delimitaciones y los ciudadanos que entienden que una encuesta no es un destino, sino solamente una hipótesis.
Esperemos que este año, toda la ciudadanía veamos las encuestas como algo que no viene a darnos impulso democrático, que las encuestas son una propaganda más como quien ve un espectacular que no le interesa porque está arriba, está más cerca de Dios que de los seres humanos.
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