Las horas de la prehistoria

Basta retroceder a la infancia, que parece la prehistoria para los más jóvenes –y para nosotros mismos–, para recordar esos años no tan remotos de calles sin pavimentar, autos de pesadas carrocerías y sin esos sistemas electrónicos de avanzada, geolocalización en el bolsillo, celulares, ordenadores, conexión global y todo lo que damos por sentado.

Se nos olvida fácil que existen en el mundo todavía más de 2 mil 200 millones de personas sin acceso a internet; curiosamente las estimaciones son similares para la población que tiene acceso a agua corriente y drenaje en sus hogares: unos 7 mil 400 millones de personas tienen acceso a esos servicios en el planeta, pero más de 2 mil millones carecen de agua en sus viviendas (si tienen una), lo que es una salvajada por donde se vea. Esto hace que tengamos que entender el nivel de desesperación e irritación de los que, por cualquier motivo, se quedan algún día, o varias semanas, sin suministro en sus hogares, como leo que pasa cada vez más frecuentemente en esta ciudad.

El asunto de la electrificación es un poco menos dramático, aunque las estimaciones del Banco Mundial hablan de algo así como un 8 por ciento de personas sin fluido eléctrico en sus casas y comunidades, lo que representa unos casi 700 millones de personas, más de cuatro veces la población de nuestro país que como sea, de un tiempo a la fecha, ve como esa nueva CFE que es otra vez patrimonio del pueblo, nos deja repentinamente sin luz.

Sobra decir que agua, luz, internet, telefonía, son indispensables para vivir hoy en día, pues gracias a ellos funciona prácticamente todo. Solo imagínese un escenario donde para tener que hacer una llamada hay que caminar a la caseta más cercana, que ya no existe y que cuando existía seguramente estaba inservible por la acción de los vándalos.

Yo mismo, es este plácido casi retiro, dependo de que en mi casa haya luz, internet, electricidad, agua corriente, en el entendido de que aquí trabajo y aquí paso la mayor parte del tiempo. Por ejemplo, sin Internet, este artículo sería imposible. En los viejos tiempos, antes del ordenador y la internet, la gente que hacía artículos se sentaba en su máquina de escribir y se acercaba a las redacciones a entregar una serie de cuartillas mecanografiadas y copiadas al carbón; en el remoto caso de que no tuviera una máquina de escribir, que entonces era como no tener una plancha o una radio, pues se acercaba a esas redacciones y se unía a repiquetear de los teletipos y las citadas máquinas y allí hacía lo suyo. No sé ustedes, pero yo tengo veinte años que no veo ninguna de esas reliquias, por lo demás inútiles.

Por causas que no vienen a cuento –la incompetencia de unos instaladores, la torpeza de unos operarios, la mera entropía maleva y el concurso de la CFE–, en las recientes semanas he tenido: que cambiar el sistema de bombeo de agua corriente a casa; que rogar a los cielos que los técnicos vengan a restablecerme el servicio de internet; y practicar la paciencia del santo Job bajo la luz de las velas, viendo pasar las horas y con decenas de trabajos de mis alumnos por calificar.

La última, en domingo, fue la súbita circunstancia de que se cumplió la bíblica sentencia de “Hágase la luz”, pero al revés. Sin agua, sin internet, sin horno para calentar mis alimentos, con la nevera llena y sin funcionar y, lo peor, sin poder avanzar mientras se me agotaba el plazo de entrega de unas evaluaciones; una pequeña babel de trastos se acumulaba en el fregador y el agua corriente había dejado de fluir; una pequeña tragedia de horas, pero que nos recuerda la fragilidad de nuestras costumbres cotidianas, tan expuestas a cualquier fallo informático o, para más inri, en riesgo constante de que un día la tostadora “inteligente” nos haga la trastada de fundir los circuitos de media ciudad y dejarnos en la edad de las cavernas.

¿Qué pasará el día qué….? Pensaba yo, luego de que en la CFE me dijeron que el asunto no pasaría de un plazo de 4 a 10 horas para restablecer la energía en mi zona, y me senté en la terraza, junto a la mortecina luz de un cirio (que alguien dejó en casa para caso de urgencia espiritual y tuve que usar a la manera pagana), no para leer, que no alcanzaba a distinguir la ene de la jota, sino para atraer a un enjambre de mosquitos, uno de los cuales me va a pegar el virus del Nilo –o algo del estilo, de acuerdo al estado febril en que escribo ahora, aunque pueda ser que se trate del calor y el bochorno de la tarde.

Sobre las diez otra vez el famoso ¡hop!, por el cual la luz se hizo lo que me devolvió a la edad contemporánea y me permite no solo ponerme apocalíptico y hasta medio escatológico –en el buen sentido, que por cierto es el peor–, y llegar al momento feliz de decir abur, guardar el texto, enviarlo por email y seguir reponiendo el tiempo que perdió Proust y el que me hizo perder la mentada paraestatal.

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Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión.

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Agustín Morales
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