Los datos y la economía mundial

Desde hace décadas, varios estudiosos advirtieron que con buen juicio, la democracia no es el pasaporte al paraíso prometido ni el gobierno del pueblo, sino un mecanismo pacífico, periódico y competitivo para seleccionar y cambiar mediante reglas a las élites que gobiernan. Nada más que eso y ya con eso es suficiente.

Pero como suele suceder, las sociedades y sus líderes obsoletos prefieren la ley del menor esfuerzo y creyeron que las olas democráticas traerán aparejado automáticamente el progreso, la santidad, la pureza, la castidad y hasta el amor. Como dijo con despropósito la señora Sheinbaum la semana pasada. Quienes captaron que este camino era y es muy complicado no fueron los defensores de la democracia, sino los fanáticos de la autocracia que sin recato ni pudor ofrecieron el atajo del subsidio y las becas de los tacos gratis, el reparto de despensas y de chascas y la felicidad plena, porque según ellos esto es lo que funciona para ser política.

Pero realmente es así porque los datos cuentan otra historia. Es cierto que hay desigualdades y siempre las habrá, pero la evidencia muestra que nunca el mundo ha contado con mayores recursos de todo tipo, nunca ha vivido mejor ni tienen las generaciones más preparadas y las proyecciones bajo determinados presupuestos pueden ser razonablemente buenas a mediano plazo.

Veamos algunos indicadores, según dos iniciativas globales que recopilan, analizan y evalúan datos sólidos de cientos de fuentes confiables.

Desde 1820, el tamaño de la economía mundial aumentó más de 100 veces, mientras que la población creció solamente ocho veces. Por su parte, de acuerdo con el Banco Mundial, el 42 por ciento de la población mundial vivía en pobreza absoluta en 1981, pero el ritmo de reducción se ha acelerado. Su más reciente medición calcula que la proporción global de habitantes en pobreza extrema cayó al 10 por ciento en el año 2025, o sea, del 42 por ciento al 10 por ciento.

Probablemente por políticas públicas bien diseñadas y bien ejecutadas han sido posibles otros avances. En 1960, por ejemplo, la esperanza de vida al nacer era más o menos de 51 años y en 2023 de 72 años. Luego de cada mil niños nacidos vivos en 1990, 64 morían antes de cumplir un año, pero en 2022 esa cifra se redujo a solamente 28.

Entre 1960 y mil y 2024, el ingreso por persona pasó de tres mil seiscientos cincuenta dólares a casi catorce mil dólares, es decir, un aumento ajustado por la inflación de más del 220 por ciento. En 1950, los años de escolarización que una persona entre 15 y 64 años podía esperar recibir normalmente era de 3.1 y en 2022 alcanzó los 8.8 años. Es casi nueve, es decir, 184 por ciento más.

Las clases medias finalmente pasaron de mil ochocientos millones de personas en 2010, a cerca de cuatro mil millones a finales del 2022. Y se proyecta que en 2030, o sea, dentro de cuatro años, serán unos cinco mil millones. Desde luego que, como todo promedio, estos datos arrojan un paisaje más matizado si se examinan granulados por países o por estratos socioeconómicos.

Pero la moraleja es muy clara. La boleta electoral llama ese ladrillo, pero la caza del progreso real y sostenible exige algo más, que son gobiernos preparados y con personas muy competentes. Estado de derecho, instituciones fuertes, políticas públicas de calidad y entornos internacionales favorables.

Justo todo aquello de lo que hoy en México carecemos por completo.

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Otto Granados
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