Los migrantes: el guión que Trump llevó al Congreso estadounidense
El día de ayer, en el discurso del Estado de la Unión, Donald Trump no solo rindió cuentas, montó un dispositivo; y cuando digo “dispositivo”, lo digo en serio: una forma de hablar que convierte la migración en una llave maestra que abre todas las puertas del miedo. Porque si uno escucha con atención, hay un patrón que se repite con una precisión inquietante; no es “migración” como tema, es migración como estructura.
Empieza así: “ilegal”, no dice “migrantes”, no dice “personas”, no dice “familias”, dice “illegal aliens”. Primera jugada: deshumanizar por categoría, no estás frente a alguien; estás frente a un estatus; y un estatus se expulsa sin remordimiento.
Luego viene el segundo paso: “crimen”, la frontera no aparece como gestión pública; aparece como escena del delito. Y aquí el relato se vuelve pegajoso: cuando repites “ilegal” y lo pegas a “criminal”, ya no estás describiendo una política migratoria; estás construyendo un enemigo.
Tercer paso: “voto”, y aquí es donde el discurso se vuelve más ambicioso porque ya no se trata de seguridad cotidiana, se trata de democracia. La idea es: si hay migrantes “ilegales”, entonces hay fraude electoral; y si hay fraude electoral, entonces el sistema entero está en peligro. En su guión, la frontera no solo amenaza tu calle, amenaza tu boleta.
Cuarto paso: “seguridad nacional”, y lo eleva: ya no es crimen local, es amenaza estratégica; y ahí aparecen dos decisiones que cierran el círculo: designar cárteles como organizaciones terroristas extranjeras, y declarar el fentanilo como “arma de destrucción masiva”. Eso no es un detalle semántico: es el puente que conecta migración con guerra.
¿Se dan cuenta del salto?
De “cruzaron” a “nos invadieron”.
De “delito” a “terrorismo”.
De “policía” a “campaña militar”.
Quinto paso: “elecciones”, y aquí está la jugada final: si todo lo anterior es cierto —ilegal, crimen, voto, seguridad nacional— entonces cualquier medida se vuelve “sentido común” y cualquier crítica se vuelve sospechosa, porque ya no estás debatiendo una política: estás “poniéndote del lado del peligro”. Es un marco que no discute: encierra.
Ahora, ¿por qué funciona esto? porque es un relato que se mueve por escalones emocionales: primero el asco legal (ilegal), luego el miedo físico (crimen), luego el miedo político (te roban el voto), y al final el miedo existencial (esto es seguridad nacional). Es una escalera: cada peldaño te sube la presión, y cuando estás arriba, ya no estás listo para pensar… estás listo para aplaudir; y ojo: en el propio discurso se incluyen cifras y absolutos para sellarlo como sentencia: “cero”, “récord”, “histórico”, “nunca antes”. No son solo datos: son cierres narrativos y se usan para que el oyente sienta: ya quedó demostrado, ya no hay debate.
Pero hay un punto que me importa subrayar: cuando la frontera se convierte en explicación de todo, el Estado deja de hablar de lo que sí puede arreglar con seriedad y elige un atajo: un enemigo visible. La frontera como llave maestra tiene una ventaja política: simplifica; y una desventaja democrática: reduce el mundo a lealtades.
Ayer, en el Estado de la Unión, Trump no pidió analizar una política migratoria, pidió aceptar un guión: ellos son la amenaza, yo soy el muro, y el que duda… es cómplice.
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