Perspectiva: Ancestros (Segunda parte)
Gracias a Hernán Cortés y a los españoles que llegaron a México, puedo escribir esto. Ninguna disculpa puedo pedir al “conquistador” por su contribución a mi existencia. Borrarlo de la historia —si eso fuera posible mediante una máquina del tiempo— nos haría desaparecer a los mexicanos y a nuestra cultura de 5 siglos.
Que no estemos de acuerdo —bajo nuestra actual circunstancia— con los métodos salvajes de los conquistadores, con la violencia de los aztecas o con la venganza sangrienta de los tlaxcaltecas, quienes durante siglos fueron esclavizados y devorados por los aztecas, no quiere decir que debamos abjurar de nuestro origen.
La memoria de lo que sucedió hace 55 años se diluye con facilidad, pero aún quedan imágenes vivas de lo que fue el descubrimiento personal de España. Era 1971 cuando conocí por primera vez lo que llamábamos la “madre patria”, fuente original de las palabras que uso, de la fe que profesa México y de la mayor parte de la cultura de nuestros ancestros. La sorpresa fue reconocer en los madrileños, vascos y catalanes los afluentes de nuestra propia sangre. Era como estar en casa, sólo que con acentos diferentes.
Sabemos que los ibéricos fueron conquistadores salvajes, como casi todos los europeos que se hicieron de colonias, aunque la Nueva España no lo fuera en sentido estricto. Dudaban de la humanidad y de la existencia del alma de los erróneamente llamados “indios”.
A través de Bernal Díaz del Castillo conocimos la versión de la “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”. Sus crónicas describen la sorpresa de los europeos al llegar a la “Gran Tenochtitlán” y descubrir la cultura azteca. Una civilización más atrasada que la española o la europea. Sé que esto causa terror entre los seguidores del romanticismo de los pueblos originarios de Mesoamérica. Díaz del Castillo narra los sacrificios humanos, las continuas guerras entre los pobladores y también las formas de vida armoniosas dentro de una gran ciudad comunicada por canales.
Hubo españoles sensibles y humanos, como fray Bartolomé de las Casas, quien regresó a España para denunciar ante el rey los abusos y maltratos que sufrían los indígenas por parte de los conquistadores y los encomenderos. Su esfuerzo logró que los indígenas obtuvieran el reconocimiento como personas libres y cristianas. Carlos V, con las nuevas leyes de 1542, ordenó un trato humano para quienes los conquistadores consideraban seres no humanos.
En nuestra sangre guanajuatense confluyen pueblos como los chichimecas, otomíes, caxcanes, tecuexes, huicholes y guachichiles, entre otros. En el futuro, tal vez podamos identificar con mayor precisión nuestra genética personal. Aun hoy no resulta tan complicado encontrar en nuestro carácter, hábitos, comida, creencias mágicas y costumbres el mestizaje que nos da identidad.
La tarea más importante permanece: unir a todos los mexicanos, independientemente de su origen, en un solo pueblo comprometido con su futuro y con el de las próximas generaciones. Las discusiones bizantinas sobre la maldad o la bondad de los fundadores de nuestra “raza de bronce” suelen tener el mismo tufo dogmático que las ideologías, tanto de izquierda como de derecha. ¿Qué resuelve la solicitud de perdón? Supongamos que en un acto de pura inteligencia, el rey Felipe pidiera perdón en nombre de la Corona. ¿Eso cambiaría nuestra condición humana, la violencia y la inseguridad, la pobreza y la desesperanza de los más pobres o de los pueblos indígenas? Nada.
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