Perspectiva: El precio de la discordia

Los datos de crecimiento del país fueron tristes en enero,  por decir lo menos. Con un -0,9% respecto al mes de diciembre, el gobierno puso atención y la presidenta, Claudia Sheinbaum, aceptó la urgencia de crecer. La caída refleja algo más que los números, algo más que la estadística.


Hay un mal aire en el ambiente del emprendimiento en el país. La discordia forma parte de ello: la división inútil entre los mexicanos. Todo puede cambiar si nuestra líder cambia. Veamos:


Se puede imaginar a la presidenta de la República en una reunión en Palacio con los líderes políticos de todos los partidos, charlando amistosamente sobre el futuro de México. Podrían discutir reformas constitucionales, presupuestos e ideas para integrar, en un esfuerzo común, todo lo que se pueda hacer para que el país crezca, sea más justo, igualitario y próspero.


Todos en perfecta civilidad, sin gritos ni aspavientos, sin agresiones ni desprecio mutuo. Parece una idea increíble después de 7 años de discordia, de enfrentamientos verbales y hasta de manotazos en plena tribuna (remember Alito vs. Noroña).


Cuando revisamos el pulso de la economía, predominan las explicaciones técnicas. Medimos el consumo, el gasto público, la inversión, el ahorro, las exportaciones y las importaciones. Luego lo dividimos por sector. Los especialistas pueden dibujarlo todo en gráficas, pero hay aspectos que llamamos intangibles medibles, como la confianza en el futuro, el ánimo de los inversionistas y algo más difícil de explicar: el nivel de concordia política.


Podemos intuir que gran parte de la prosperidad va de la mano de la paz social, la seguridad pública y los buenos acuerdos políticos.  Quienes siempre lo tienen presente son los estadistas, los grandes líderes que comprenden el poder de un motivo común, de acuerdos fundamentales para vivir en democracia, la menos mala de las formas de gobierno.


El tema de la concordia política no solo se da en el máximo nivel, sino también en las presidencias municipales, en los estados y en los tres poderes. Generalmente los buenos gobernantes no necesitan de la retórica separatista; tampoco son estridentes en los juicios a los opositores. La tolerancia es una virtud que asoma en las grandes biografías: George Washington fue el constructor del país más poderoso del mundo gracias a su tolerancia y a su desprendimiento del ego. Winston Churchill unió a la Gran Bretaña y a los países aliados para derrotar al demente Adolfo Hitler. Los grandes saben que una cosa es competir y otra combatir.


Contra lo que piensan los radicales, si la presidenta añade la concordia  al Plan México, podríamos caminar más rápido y llegar más lejos. Su popularidad subiría por gestos de magnanimidad, por un ego atemperado por la inclusión, porque México no es ni nunca será territorio de una sola facción ni de una sola mujer ni de un solo hombre, por más poderoso que sea.


Si Andrés Manuel López Obrador fue mezquino al no recibir jamás a la oposición, ni a las madres buscadoras ni a sus críticos, nuestra presidenta  podría representarnos a todos, escucharnos a todos y acordar proyectos en que todos los sectores estuvieran comprometidos. Cultivar la unidad y la concordia cambiaría el ánimo pesimista de la oposición, donde están miles de empresarios de quienes depende apostar o no por el futuro. (Continuará)

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Enrique Gómez Orozco
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