Perspectiva: El switch está en Texas

En la caja de las ideologías hay cientos de dogmas que se siguen a ciegas, como todo manual de adoctrinamiento lo establece. “La verdad es esta: no hay otra y el tema no se puede discutir”. Dudarlo es “anatema” o “herejía”. Si bien en las religiones los dogmas han cambiado porque el tiempo y la realidad son superados por la verdad científica, en la política permanecen con una terquedad solemne.


Esto viene a cuento porque México no avanza debido a los dogmas de fe que impone el gobierno, tanto de izquierda como de derecha. Una de las creencias más sorprendentes es la del dominio imperialista de Estados Unidos. Bajo ese amparo, los gobiernos del PRI forjaron una narrativa errónea, especialmente durante los sexenios de Luis Echeverría y José López Portillo.


Luego llegaron los presidentes ilustrados: Carlos Salinas y Ernesto Zedillo. Los dos tenían una formación académica sólida en política y economía, obtenida en las universidades de Harvard y Yale, respectivamente. Salinas diseñó el Tratado de Libre Comercio, un esquema político-comercial que unió a Norteamérica en un bloque indestructible. Zedillo, con una gran disciplina de verdadera austeridad republicana, enderezó todo hasta dejar el país con un crecimiento económico del 7 % en su último año y estabilidad de precios. Si bien Salinas salió manchado por el crimen y la corrupción de su hermano Raúl, Zedillo pasó el pantano de la política mexicana sin mancha. Lo demuestra su trayectoria académica en Yale, donde cursó su doctorado en Economía y hoy es director de estudios sobre globalización. Sobrio, discreto y congruente, Zedillo será recordado como el mejor presidente de México.


Felipe Calderón tuvo algo de academia y seguro es un hombre ilustrado, pero falló en seguridad pública al delegar todo el poder en Genaro García Luna, sin contrapesos ni revisión de cuentas. Tampoco tuvo la visión de unir al país. Su fracaso permitió que el PRI regresara con Enrique Peña Nieto, un candidato carismático pero ignorante, tanto, que no podía mencionar tres libros. La ventaja de Calderón y Peña Nieto fue su grado razonable de pragmatismo.


Luego vino el mesías tropical, cuyas promesas jamás fueron cumplidas, cuya conducta distó mucho de ser ejemplar o intachable. Pero el comentario sobre su sexenio lo pasaré para otra ocasión. Lo que interesa hoy es el regreso de la preparación académica y política de nuestra presidenta.


Claudia Sheinbaum gobierna entre la modernidad de la ciencia y el dogma socialista extremo que siguió durante toda su vida, hasta que aterrizó en la realidad en Palacio. La mitad del tiempo la escuchamos con razones pragmáticas, como la aceptación de que la soberanía energética del país depende de obtener gas y petróleo mediante la fracturación hidráulica, o “fracking”, algo que va en contra del dogma de los radicales de la 4T. Para cualquier gobernante sensato no hay duda de que no podemos depender del gas de Texas, de que la soberanía vale un pito si el switch del 75 % de la electricidad que producimos se prende y se apaga en un gasoducto de Estados Unidos.


Estados Unidos no es una pera en dulce para los gobernantes mexicanos; podemos verlo como una amenaza o como un mundo de oportunidades. Lo que sucedió en el Siglo XIX con la pérdida de la mitad del territorio nacional no puede ser la cantaleta de nuestras desgracias. La economía nacional depende de nuestra potencia exportadora.


Lo mejor sería olvidarnos del tercermundismo y del resentimiento en contra de quien es nuestro principal cliente y proveedor de inversión y energía. 

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Enrique Gómez Orozco
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