Perspectiva: En busca de la paz perdida (Segunda parte)
Para alcanzar la paz en el país necesitamos un cambio cultural, pero nada impide comenzar por una región. Hay caminos para gobernar sobre el crimen organizado: un ejemplo es la mano firme de Nayib Bukele en El Salvador. Cuando su país estaba dominado por las maras y las pandillas, decidió instaurar un “toque de queda”, una suspensión de garantías para combatir la delincuencia organizada, que durante años había sometido a la población.
El poder lo tenían la “Mara Salvatrucha” (MS-13) y el “Barrio 18” (M-18). Su fuerza era tan grande que trascendía la del gobierno; por eso no dudaban en tatuar su filiación en el pecho o en el dorso, en los brazos y hasta en el rostro. Era un símbolo de pertenencia. A Bukele le vino bien porque no fue difícil detenerlos, consignarlos e imponerles penas durísimas en cárceles de castigo. En menos de dos años regresó la paz a los ciudadanos, quienes eran víctimas de ese segundo gobierno del crimen organizado. Hoy es un caso de estudio para todos los gobernantes latinoamericanos.
En México los miembros de los cárteles no tienen tatuada su filiación, pero el gobierno lleva un registro fiel de quienes generan violencia, desapariciones forzadas y extorsión. A la fecha, en El Salvador, permanece el toque de queda y Bukele gobierna con más del 90 % de aprobación. La última vez que el gobierno decretó la suspensión de garantías fue durante la Segunda Guerra Mundial, bajo el entonces presidente Manuel Ávila Camacho. La suspensión de garantías, prevista en la Constitución, puede y debe usarse cuando prevalezcan situaciones de anarquía. El mejor ejemplo es lo que ha sucedido en Sinaloa, donde, tras la abducción de El Mayo Zambada, se desató una guerra intestina entre los bandos que dominaban el territorio.
Si en ese estado el Gobierno federal hubiese decretado un “toque de queda” hace un año y medio, la Secretaría de Seguridad Pública, la Guardia Nacional y el Ejército hubieran detenido en seco los cientos de asesinatos y la destrucción de la economía local. Por razones de falso “decoro político”, de no aparentar represión, los gobiernos de todos los colores no aplican la ley por un temor pueril al “qué dirán”. Su imagen pesa más que las vidas perdidas, las masacres y la violencia que agobia y hunde a varios estados de la República.
Durante la época de paz, se consideraba una debilidad recurrir a la suspensión de garantías como una falta de capacidad política; ahora, cuando es indispensable contar con todas las herramientas para pacificar una región, la verdadera debilidad es no usar toda la fuerza del Estado, como lo hizo Bukele en su momento. Esto no quiere decir que estemos de acuerdo con todas las medidas del líder salvadoreño, porque es cierto que hay inocentes sin acceso a la justicia tras las redadas de marzo de 2022.
El daño a la sociedad causado por la anarquía es 10 veces mayor que las equivocaciones al detener a sospechosos. Un error en una detención puede revertirse; un asesinato no tiene remedio.
El presidente Donald Trump volvió a la carga en la reunión de los 7. Asegura que México está bajo el control de los grupos criminales y, algo peor, que la presidenta Claudia Sheinbaum les “tiene miedo”. Nada puede suplir la voluntad política de ir hasta las últimas consecuencias para detener a las organizaciones del crimen organizado y restaurar la paz y la tranquilidad; en eso tiene razón Trump. (Continuará).
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