Perspectiva: ¿Y el tren?
Hace treinta años Carlos Medina Plascencia gobernaba Guanajuato y estaba a punto de terminar su mandato. Su preocupación mayor era lograr una elección impecable con una nueva ley electoral y el apoyo de ciudadanos intachables. Lo logró.
También tenía entre sus planes la construcción de un tren interurbano que uniera las ciudades del corredor industrial, desde León hasta Celaya, por lo menos. Para ello se crearon empresas, intervinieron “inversionistas” y participantes como la empresa canadiense Bombardier. Rollos iban y venían; cuentas y cuentos que no tenían sustento en la realidad ni en la economía del estado.
Un príncipe de Medio Oriente se presentó como financiero de la obra. Un jeque o algo así. Era un farsante que incluso logró “firmar” un acuerdo con el entonces gobernador Carlos Medina.
La historia siguió con Vicente Fox, quien estuvo más interesado en construir su campaña para la presidencia que poner un tren. Sin embargo, al ganar las elecciones, con un aire triunfalista, aseguró que su primera decisión sería construir el tren, lo hizo con la presencia del finado Ramón Martín Huerta, quien gobernaba entonces el estado. A Fox se le olvidó el asunto o no lo delegó como una tarea prioritaria que había prometido. Tomó el dinero del petróleo para pagar deuda externa. Rompió el compromiso con la gente que lo inició en la política y lo había apoyado hasta lograr la anhelada alternancia política.
A Juan Carlos Romero Hicks, el siguiente gobernador, no se le daba bien la idea de construir. Un gobernante honesto, dedicó buena parte de su tiempo a prodigar sermones elegantes que siempre terminaban con el buen deseo de que Dios acompañara a los ciudadanos. También guardó mucho dinero, para el mayor gozo de la banca. Recursos que poco sirvieron para hacer de Guanajuato un estado más próspero.
El siguiente gobernante, Juan Manuel Oliva puso manos a la obra con lo que se debía hacer: comprar las tierras para construir el tren. Lo hizo en la oscuridad. Encargó a particulares negociar la compra (algo indebido) que administraron el dinero público con total discrecionalidad, lo mismo que hicieron en la compra de las tierras de Mazda, la fallida refinería y las tierras de la Honda en Celaya. Mal hecho, pero, al menos, hecho.
El problema fue que no terminaron de comprar los kilómetros necesarios para la obra. Se quedaron al 85% del trayecto. Se gastaron mil millones de pesos de hace 15 años -unos 2 mil de hoy por lo menos- y dejaron tirado el proyecto. Luego se presentó una solución alterna menos onerosa, una que puede ser la más viable para el futuro: construir una vía libre de asfalto para camiones articulados como los del Sistema Integrado de Transporte de León.
Miguel Márquez perdió la oportunidad de seguir el proyecto cuando las tasas de interés lo permitían. La tasa de referencia era apenas del 3% anual y el gobierno pudo financiar la obra con créditos a largo plazo con intereses fijos. Entonces se calculaba que podía costar unos mil millones de dólares construirlo. El gobierno tendría pagada la mitad del crédito este año y Guanajuato contaría con una obra magnífica que daría vitalidad a todo el estado.
Sabemos que a Diego Sinhue Rodríguez no le interesaba mucho construir. Al final su ocurrencia fue entregar una carretera que construyó Rafael Corrales Ayala (Silao-Guanajuato) y es muy rentable, deja mucho dinero. La permutó a cambio del proyecto de otra carretera de Guanajuato a San Miguel. El tren nunca tuvo locomotora, ahora hay que rescatar los terrenos comprados. (Continuará)
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