Precaria cultura democrátrica

Estamos viviendo el silenciamiento de la esfera pública. México hoy enfrenta en la antesala del proceso electoral 27 una tensión que trasciende la competencia entre partidos, la relación entre poder, comunicación y libertad de expresión.

El problema no consiste únicamente en que el gobierno tenga una narrativa propia, algo legítimo en toda democracia, sino que esa narrativa pueda convertirse progresivamente en el centro dominante de la conversación pública, desplazando la deliberación sobre los resultados, las responsabilidades y las deficiencias de las políticas públicas.

La llamada mañanera del pueblo puede analizarse en ese contexto más allá de la función informativa.

Cuando una comunicación gubernamental establece cotidianamente los temas de discusión, identifica adversarios, responde a críticos y ofrece una interpretación política de los acontecimientos, entonces adquiere una dimensión estratégica porque participa deliberativa y activamente en la construcción de esa realidad ante la opinión pública.

La presentación de una lista de periodistas, políticos y comentócratas, como ellos lo señalan, como integrantes de un supuesto ecosistema de amplificación digital, constituye un elemento relevante de esa discusión.

El documento identifica cuatro capas, medios y comentócratas, personajes políticos, cuentas de ataque y narrativas de presiones extranjeras. La propia lista incorpora numerosos actores políticos como Lorenzo Córdoba, no podía quedar fuera; Xóchitl Gálvez, tampoco podía quedar fuera; Ricardo Anaya, Vicente Fox, Claudio X González, Ricardo Salinas Pliego y una lista muy grande.

Pero veámoslo desde el punto de vista serio, desde la visión de Karl Otto Apel. La cuestión puede observarse como una afectación de la comunidad de la comunicación. Una democracia requiere interlocutores capaces de cuestionar y argumentar en condiciones de libertad.

Veámoslo desde los de Habermas, el riesgo aparece cuando a la acción comunicativa orientada al entendimiento es sustituida por una acción estratégica destinada a conquistar la atención, imponer una narrativa o deslegitimar al adversario. Veámoslo ahora en el foco de la maestra Cortina.

El problema adquiere entonces una dimensión ética. Quien disiente no deja por ello de ser ciudadano ni pierde su dignidad como interlocutor válido. Por ello, quizás la expresión más precisa no sea todavía censura, sino silenciamiento de la esfera pública.

No necesariamente porque se haya prohibido hablar, sino porque el poder puede generar condiciones en las que determinadas voces sean presentadas sistemáticamente como ilegítimas, desinformadoras y enemigas. La pregunta democrática de fondo es entonces sencilla pero incómoda:

¿Estamos deliberando sobre los problemas de México o estamos administrando políticamente la atención de los ciudadanos?

Si el señalamiento del adversario consigue sustituir la discusión sobre la seguridad, economía, resultados gubernamentales y rendición de cuentas, el debate público habrá dejado de ser un espacio de deliberación para convertirse en un escenario de confrontación narrativa.

La Constitución posee un enorme capital ético precisamente porque protege la pluralidad ante el poder, frente al poder, y una democracia madura no exige unanimidad, exige que quien gobierna pueda ser cuestionado y quien cuestiona conserve intacta su condición de ciudadano.

Esa es la lógica de la democracia y lo que se vive es una lógica de un totalitarismo imbuido desde una muy precaria cultura democrática.

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Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión.

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Ignacio Ruelas Olvera
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