Seguridad, soberanía y el límite del desencanto
En momentos de hartazgo colectivo, las ideas extremas dejan de parecer impensables.
Lo que ayer era inimaginable, hoy se vuelve cotidiano.
Hoy, en México, hay voces -algunas exaltadas, otras francamente desesperadas- que piden la intervención de Estados Unidos para “acabar de una vez por todas” con los cárteles de la droga. Lo dicen como si fuera una salida pragmática. Lo dicen como si fuera la solución definitiva. Pero no lo es. Es algo mucho más grave: una renuncia política y ética a la idea misma de país.
Conviene decirlo sin rodeos.
Una cosa es no estar de acuerdo con la forma en que gobierna una administración. Eso es legítimo, necesario y democrático. Otra muy distinta es concluir que, por ese desacuerdo, México debe ser intervenido por una potencia extranjera. Criticar al gobierno no es traicionar a México. Pedir una intervención externa, sí lo es.
Porque aquí no está en juego solo una estrategia de seguridad pública. Está en juego la manera en que nos pensamos como sociedad. Pedir que otro país “arregle” nuestros problemas implica aceptar que ya no creemos en nuestra capacidad de gobernarnos, que la violencia nos convenció de que este país dejó de pertenecernos. Eso no es realismo político. Es derrota.
La soberanía no es una consigna vacía ni un gesto retórico. Es la condición mínima de la vida política. Un país que entrega a otro la decisión sobre el uso de la fuerza en su territorio deja de ser sujeto político y se convierte en espacio administrado. A partir de ahí, todo lo demás -derechos, justicia, democracia- queda en suspenso, porque depende de decisiones tomadas fuera y sin rendición de cuentas.
La historia es clara y no admite atajos. Las intervenciones extranjeras no pacifican sociedades atravesadas por conflictos. No eliminan la violencia: la reordenan. No reconstruyen comunidades: las disciplinan. Llegan prometiendo orden y dejan dependencia, fragmentación, saqueos y nuevas violencias. Ninguna potencia actúa por altruismo, y pensar lo contrario es una forma peligrosa de autoengaño.
El cansancio social es comprensible. La violencia prolongada erosiona la esperanza y empuja a buscar salidas rápidas. Pero el hartazgo no puede transformarse en desprecio por nosotros mismos. Aceptar una intervención es aceptar también daños colaterales, víctimas invisibles y territorios sacrificables. Es aceptar que hay vidas mexicanas que pueden pagarse como costo operativo.
México no es solo un territorio con problemas de seguridad. Es una comunidad histórica. Un país que ha sido violentado muchas veces y que, aun así, no renunció a pensarse como nación. Pedir una intervención extranjera rompe ese hilo. Es decir, en el fondo: “este país ya no es nuestro”.
Defender la soberanía no es solo defender a un gobierno en turno. Es defender nuestras instituciones, nuestra cultura, nuestras tradiciones. Es defender la idea de que los problemas de México deben resolverse desde México.
Quizá esta vía es más difícil, más lenta y menos espectacular. Pero es el único camino compatible con la dignidad colectiva.
La salida fácil es entregar la responsabilidad.
La difícil es asumirla.
Y en esa diferencia se juega algo más que la seguridad: se juega la posibilidad de seguir llamándonos México.
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