Todo es político cuando se es mujer
Dicen que todo es político cuando se es mujer, pues mucho de lo que consideramos asunto personal como nuestra forma de vestir, trabajar, habitar, maternar y relacionarnos es atravesado por normas sociales y estructuras de poder. Sin embargo, el resultado de dicha combinación no es el mismo para todas, pues la opresión no opera de forma aislada, sino que interactúa con otras en razón de discapacidad, clase social, origen racial, orientación sexual, identidad de género, creando desigualdades distintas.
Que una mujer no logre un ascenso en el trabajo puede parecer un problema privado, pero si esto ocurre sistemáticamente a muchas, estamos frente a un problema político que además puede afectar de manera diferente a una persona racializada, en edad avanzada o trans, porque todo es político cuando se es mujer, pero no somos la misma.
Se piensa en el feminismo como un pañuelo morado que portamos cada ocho de marzo, aunque la realidad grita que nuestras experiencias no pueden uniformarse. Creo que debemos ser marea sin ahogar a la pluralidad de voces; pintar todo sin que los matices se vuelvan indistinguibles; ser estratégicas sin reducirnos a una campaña de mercadotecnia al servicio de gobiernos y empresas.
En su obra La condición humana, la filósofa Hannah Arendt advierte sobre el peligro de confundir las esferas personal y política. Si el Estado controla la vida de las personas, se corre el riesgo de totalitarismo, y si la ciudadanía se desentiende de los asuntos comunes, se debilita la democracia. Y para nosotras, lo personal siempre ha sido político.
Aunque ser mujer sea una plaza común, la desigualdad es un fenómeno polimorfo. Para conseguir una verdadera justicia de género, es necesario considerar las múltiples aristas de las tantas realidades a las que nos enfrentamos y demandar la construcción de políticas públicas que atiendan esas diferencias. Problemas diversos no pueden resolverse con soluciones generalizadas. No somos la misma mujer.
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