Trump y la política del miedo

Donald Trump no es solo un actor de la política internacional ni un personaje excéntrico que vuelve a ocupar titulares. Desde una mirada sociológica, Trump funciona como algo más profundo y duradero: un shock externo que reordena discursos, emociones y decisiones dentro de los países que interactúan con Estados Unidos. México no es la excepción.

Hablar de Trump únicamente en términos morales —como amenaza, villano o salvador— empobrece el análisis. Lo relevante no es su carácter, sino los efectos que produce. Y esos efectos no se limitan a la política exterior; atraviesan el debate público interno, redefinen prioridades y estrechan el margen de lo que parece posible.

El primer efecto es cognitivo. Trump redefine qué cuenta como “amenaza”. Migración, drogas, crimen organizado o incluso la protesta social dejan de ser problemas complejos para convertirse en asuntos de seguridad nacional. Cuando todo es amenaza, el abanico de políticas imaginables se reduce: la prevención, la justicia social o la salud pública pierden terreno frente a la lógica del control, la militarización o la excepcionalidad. No es casual que conceptos como “terrorismo”, “invasión” o “enemigo” reaparezcan con fuerza en el lenguaje político.

El segundo efecto es emocional. Trump intensifica el miedo y la incertidumbre, no solo en Estados Unidos, sino también en los países que dependen económica, comercial o políticamente de él. El miedo es un poderoso organizador social: acorta los tiempos de reflexión, reduce la tolerancia a la complejidad y genera demanda de “soluciones rápidas”. En ese clima, las respuestas punitivas ganan legitimidad, aun cuando su eficacia sea dudosa. Algo similar ocurre en Europa, donde el geopolitical clickbait —la política basada en provocaciones constantes— captura la atención pública y desplaza el debate de fondo.

El tercer efecto es institucional. La presión externa empuja a los gobiernos a decidir con tiempos ajenos. Las políticas públicas, que deberían construirse con diagnóstico, coordinación y evaluación, se transforman en reacciones. El riesgo no es solo cometer errores, sino normalizar la improvisación como forma de gobierno. Cuando la agenda la marca la amenaza del día, las instituciones se vuelven frágiles y la planeación estratégica se debilita.

En México, este triple reordenamiento plantea dilemas serios. No se trata de negar la cooperación internacional ni de desconocer los problemas reales de violencia y crimen. Se trata de evitar que la presión externa defina por completo nuestras prioridades internas. El mayor peligro no es Trump, sino cómo reaccionamos frente a Trump.

La soberanía no se mide por la intensidad del discurso, sino por la solidez de las decisiones. Un país soberano es aquel que actúa con cabeza fría, instituciones fuertes y horizonte propio. Leer a Trump como un shock externo permite salir del reflejo y volver a la política.

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Edgar Guerra
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