Una historia del Bronx… o de New York-New Jersey

Muchas cosas me vinculan emocionalmente a España: allí viví, allí viajo cada vez que puedo, allí me siento como en casa –aunque no en todos lados–; me encanta su comida, sus pueblos, algunas de sus tradiciones; allí, nada menos, vive mi único y querido hijo… Sin embargo, yo no le tenía entre mis favoritos para el Mundial que ya se sanseacabó. Si fueran complacencias, la final soñada hubiera sido el juego que se disputó el sábado entre Francia e Inglaterra que, como partido de futbol, me resultó mucho más entretenido –por más que algún purista reproche lo de los diez goles.

Sobra decir que no tengo, no tuve y no tendré jamás una camiseta roja, como no tengo, ni pienso jamás adquirir una playera verde. Ir a ver un juego a un restaurante o a un bar equipado como si fuera ir al estadio, ya me parece un despropósito, aunque también debo decir que a mi que uno se vista de hincha para sentarse frente al televisor es parte del largo catálogo, esa larga lista con decenas de miles de asuntos, que me importan un rábano. Cada quien anda por la vida como mejor le place.

No dejó de sorprenderme, a pesar de todo, que el bar a donde fui a ver la final estaba llena de súbitos hispanófilos, ataviados con alguna de las equipaciones de la hoy selección campeona del mundo que, en el transcurso del juego mostraban su amor incondicional por los ibéricos en una dosis directamente proporcional a la fobia que manifestaron contra los argentinos. Seguro los uniformados del cuento prefieren un soneto de Cernuda que uno de Borges, y alguno de los infumables dramas de Benavente a un relato de Cortazar.

En mi mesa vestíamos de civiles, aunque la balanza también estaba inclinada hacia el representativo del Reino de España; solo uno, que miraba incómodo la sardana que los catalanes estaban poniendo a los suramericanos, confesó que su favorito era el seleccionado argentino.

–Estarás feliz por el triunfo de España –me preguntó uno, ya esta mañana, en el gimnasio donde coincidimos.

Me encogí de hombros. Tal vez me gustó que ganara España, pero creo que la felicidad es algo está más allá del resultado de un partido de futbol, por muy final de la Copa del Mundo que sea. Digamos que me causó una fugaz alegría, en el entendido de que no era mi favorito, que era una selección más bien catalana y, sobre todo, de que hasta donde yo sé, el triunfo de los ibéricos a mi no me reporta ningún beneficio, como tampoco me lo reporta la derrota de Messi y los suyos.

Dijo alguno de mis contertulios, al terminar el encuentro:

–A mi, ganara quien ganara, me siguen pagando la leche a tantos pesos el litro.

Luego, también esta mañana, veo las desagradables escenas, que reproduce un medio nacional, que muestran a un grupo de descerebrados, debidamente uniformados, golpeando a un joven en la madrileña estación del metro Sol, porque cometió el pecado de llevar una camiseta albiceleste –y en una de esas hasta el crimen de ser argentino.

Debo decir que a mi Messi y sus compañeros no me resultan muy simpáticos. Las lágrimas del astro no me pueden conmover. El señor acabó el juego, se fue a su mansión a Miami, en su jet privado y seguro ya está haciendo lo que debe hacer tan bien, además de jugar futbol como lo jugarían los ángeles si se adicionaran a andar correteando una pelotita: disfrutar de su vida de ensueño. De eso a que sienta alguna desafección por el pueblo argentino, hay todo el trecho que hay de la cuenta bancaria del rosarino y la mía.

Como lo había predicho, no porque sea adivino, sino porque así lo entiendo desde hace mucho, al amanecer de este lunes el dinosaurio seguía allí y allí seguirá mañana. Si no pregúntenle a las señoras y señores a los que se les va la vida en querer una candidatura y cuyos rostros de porcelana ensucian toda nuestra pobre ciudad.

Sanseacabó y ya era hora. Ya veremos si nos toca el próximo con sus cien equipos. Lo que queda es recordar lo que le dijo el mafioso aquel del Bronx (‘A Bronx tale’, de Robert de Niro, de 1993), a Lillo Brancato, que interpreta al adolescente Calogero, y cuyos muros están adornados por posters de Mickey Mantle, a quien admiraba, como los hay que admiran a Mbappé, a Bellingham, a Cristiano, a Messi…: “Mickey Mantle jamás va a hacer nada por ti”.

En lo que a mí respecta, consumado el gran evento, ni siquiera me van a pagar la leche a tantos pesos el litro: yo ni tengo vacas para la ordeña.

Abur.

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Agustín Morales
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