Atentado en Teotihuacán y Machósfera
Los trágicos sucesos ocurridos el pasado 20 de abril en Teotihuacán, donde un hombre realizó disparos contra las personas turistas en el lugar, para luego ser rodeado y terminar dándose un balazo a sí mismo, nos obliga a la reflexión sobre cómo estamos entendiendo y atendiendo las causas estructurales de la violencia, desde ámbitos que en México no habíamos tenido que enfrentar.
El atentado se ha descrito como una forma de copiar los tiroteos que suceden a menudo en Estados Unidos. En estos eventos, como la masacre del instituto Columbine, en Estados Unidos en 1999, se caracterizan por patrones y perfiles previsibles: son cometidos mayoritariamente por hombres blancos caucásicos, con problemas de masculinidad y tendencias suicidas, que sostienen ideas fascistoides y totalitarias, que acceden a poseer armas, y se documentan con bibliografía misógina, conspiranóica o de ultraderecha, que buscan masacrar a grupos de personas, y con ello dejar un mensaje. A estos factores se suman los temas de padecimientos de salud mental no detectados ni atendidos a tiempo.
El fenómeno había sido ajeno a la construcción social mexicana, hasta hace poco. En septiembre de 2025, un joven entró al CCH Sur, de la UNAM, y asesinó a uno de sus compañeros e hirió de gravedad a un trabajador universitario. Luego, el pasado 24 de marzo, un adolescente de 15 años de edad asesinó a balazos con un arma larga a dos de sus maestras dentro de una preparatoria en Lázaro Cárdenas, Michoacán. Ambos atentados provienen de un origen común: el machismo y la misoginia que deriva en violencia. En ambos casos, los asesinos se identifican dentro de comunidades de masculinidad tóxica que abundan en internet.
En el caso de Teotihuacán, se añade el componente de la homofobia introyectada y la construcción de una ideología pro franquista, fascista, y que -a la vez- comparte perfil con los otros dos asesinos: todos hombres, con pocas herramientas para la interacción social, contaminados por los contenidos de la machósfera en redes sociales, profundamente resentidos contra una sociedad que -a su juicio- les ha sido injusta, y con la violencia como única forma de expresar su inconformidad.
Ante esto, debemos enfocar los esfuerzos de atención y prevención de la violencia hacia este perfil. De entrada, hombres así han sido quienes mayoritariamente perpetran la violencia feminicida; pero ahora, las cámaras de eco que replican discursos de odio misógino y homófobo en redes sociales, están escalando a actos de violencia masiva.
Esta es una razón más para replantear qué es lo que creemos y fomentamos en la construcción de la masculinidad; una razón para desmantelar los roles de género, y una alerta grave sobre lo que seguirá pasando si no atendemos la problemática; pero, primero, hay que entenderla.
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