Avances, mitos y retos del incremento al salario mínimo
Hace unos días se concretó el incremento al salario mínimo general, que pasó de 278.8 a 315.04 pesos diarios, lo que representa un aumento de 13.0% respecto a 2025. En el caso de la frontera norte, el salario mínimo se ubicará en 440.87 pesos diarios, con un incremento de 5.0%. Con estos cambios, el salario mínimo general será de aproximadamente 9,582 pesos al mes, lo que equivale a poco más de dos canastas básicas. Sin embargo, detrás de este incremento persisten diversos mitos y realidades que vale la pena discutir.
De entrada, los beneficios de elevar el salario mínimo han sido ampliamente documentados en la literatura económica. Uno de los más relevantes es la reducción de la pobreza, a través del aumento de los ingresos laborales de quienes perciben menores salarios. Asimismo, se ha observado un incremento en los salarios reales, tanto en el empleo formal como en el informal. Estos resultados muestran que el salario mínimo no solo impacta en los ingresos de los hogares, sino también en las condiciones de vida de las personas trabajadoras.
Uno de los argumentos más recurrentes en contra de estos ajustes es su supuesto impacto inflacionario. No obstante, la evidencia empírica indica que el efecto del salario mínimo sobre la inflación es, en el mejor de los casos, marginal, e incluso inexistente en algunos contextos. De manera similar, y contrario a lo que suele afirmarse, los incrementos al salario mínimo pueden incentivar la transición de trabajadores de la informalidad a la formalidad, al hacer más atractivos los empleos formales. En este sentido, el aumento al salario mínimo es una medida deseable.
Sin embargo, el incremento al salario mínimo no debe celebrarse de manera excesiva. A pesar de los cambios recientes, México sigue siendo uno de los países de la OCDE con los salarios mínimos más bajos, incluso por debajo de economías latinoamericanas como Colombia o Chile. Además, el poder adquisitivo del salario mínimo continúa muy lejos de los niveles observados en la década de los ochenta. Es decir, aunque el salario ha aumentado en términos nominales, aún no se ha fortalecido lo suficiente para garantizar que los hogares cubran plenamente sus necesidades.
Desde esta perspectiva, una estrategia deseable es seguir incrementando el salario mínimo, sí, pero sin perder de vista el contexto económico actual. La propia Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (CONASAMI) ha señalado que los ajustes se mantendrán alrededor del 12.0% por año, con el objetivo de que el salario mínimo permita adquirir alrededor de 2.5 canastas básicas al final del sexenio.
No obstante, alcanzar esta meta requiere algo más que aumentos administrativos. Es necesario replantear si el piso salarial ha sido suficiente para fortalecer de manera sostenida el poder adquisitivo de los hogares. En este sentido, el aumento al salario mínimo es un avance importante, pero no una solución de largo plazo, por lo que resulta indispensable complementar esta estrategia con políticas que fortalezcan los ingresos laborales y permitan cubrir necesidades más complejas. El reto no está solo en aumentar el salario mínimo, sino en construir un entorno económico que lo sostenga.
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