BTS, las ARMY y el día en que decir ‘hasta aquí’ movió al sistema
Lo que detonó el caso de las ARMY no fue un berrinche por conseguir boletos. Fue algo más raro —y más poderoso—: una comunidad decidió que había un precio que no iba a pagar, aunque pudiera pagarlo. No por falta de dinero, sino por principio. Y cuando ese principio se vuelve conducta colectiva, lo que tiembla no es Ticketmaster: tiembla un modelo cultural que durante años vivió de una idea simple: la gente siempre va a ceder.
Eso es lo que casi nadie está leyendo. La conversación pública se fue directo a los reactivos: Profeco, multas, comunicados, “¿quién tiene la culpa?”. Pero la causa está antes: cambio generacional de valores y, sobre todo, cambio generacional de método. Esta generación no solo se indigna; organiza, coordina, documenta, presiona y obliga a que el tema cruce de redes a instituciones y de instituciones a medios tradicionales. Ese circuito —redes → instituciones → medios— ya es una forma nueva de poder social.
El punto no es “fandom”. El punto es umbral. Durante años, el sistema del espectáculo (y no solo el espectáculo) operó con reglas no dichas: cargos opacos, escasez artificial, reventa abusiva, asimetría total. Se normalizó porque funcionaba: el deseo hacía que la gente tragara. Y cuando algo se vuelve costumbre, deja de verse como abuso. Se vuelve “así es”.
Lo disruptivo es que aquí el deseo no ganó. Ganó el criterio. Se vio en decisiones prácticas, no en discursos: no comprar al revendedor, no alimentar el mercado, no premiar la opacidad, exhibir públicamente los mecanismos de extracción. Es una frase muy simple, pero es el corazón de todo: antes que fan, persona. Antes que emoción, dignidad. Antes que acceso, límites.
Y esto no ocurre solo en conciertos. Es el mismo patrón que se ve cuando alguien deja un trabajo donde le pedían vivir como robot; cuando una audiencia deja de seguir a quien la trata como masa; cuando una comunidad decide que “si no es justo, no participo”. Ahí conecta con lo que Michio Kaku plantea sobre la era de la automatización: las máquinas no tienen límite; los humanos sí. La capacidad de decir “no” es humana. Y si la perdemos —si cedemos por inercia— terminamos cumpliendo el papel de un sistema: obedecer, rendir, consumir, repetir.
La gran novedad no es moral; es estructural: el costo del abuso dejó de ser privado. Antes, la frustración se quedaba en cada persona: “me tocó así”. Hoy, cuando una comunidad coordina el límite, el costo se vuelve público y reputacional; las instituciones se ven forzadas a reaccionar; los medios a cubrir. No porque “la autoridad despierte”, sino porque el umbral social se movió y el silencio dejó de ser opción.
Por eso este episodio importa. No es “el caso Ticketmaster”. Es el inicio visible de algo más grande: el fin de aceptar abuso como peaje inevitable. Y cuando una generación deja de pagar ese peaje, el sistema tiene dos opciones: corregirse o quedarse sin legitimidad. Lo primero es difícil. Lo segundo, tarde o temprano, es inevitable.
Lo que lograron las ARMY no es “ganar boletos”. Es demostrar que el “hasta aquí” puede ser coordinado, sostenido y eficaz. En una época exhausta, esa es una forma de poder: no la del grito, sino la del límite compartido.
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