Cuando al poder sólo le queda pedir perdón

"El Mayo" Zambada pidió paz cuando ya no podía ordenar la guerra.

El 20 de julio fue condenado a cadena perpetua en Estados Unidos. Ante el juez se disculpó por el daño causado, lamentó el ejemplo que dejó y pidió a las nuevas generaciones elegir otro camino. Dijo también que nadie gana una guerra como la que vive México.

La frase suena a revelación moral. Pero llegó cuando su poder ya había terminado.

Durante décadas, Zambada tuvo dinero, territorio, protección, hombres armados y capacidad para corromper instituciones. Pudo alterar comunidades enteras y decidir sobre la vida de otros. No pidió paz cuando todavía podía desmontar una estructura, entregar una ruta o desafiar a quienes se beneficiaban de ella. La pidió cuando ya no tenía nada que perder.

Ahí comienza la última operación del poder.

Cuando ya no puede gobernar los hechos, intenta gobernar su significado.

Su defensa presentó al hijo de campesinos, al niño que perdió a su padre, dejó la escuela y comenzó a trabajar para ayudar en casa. Después vino la sierra, la marihuana sembrada entre el maíz y el ingreso gradual a una economía criminal que ya existía.

Todo eso importa. Las condiciones explican la primera puerta. No explican cuatro décadas atravesándola.

La pobreza puede ayudar a entender cómo empezó una vida. No basta para explicar en qué momento alguien dejó de ser producto de las circunstancias y comenzó a producir las circunstancias de miles: miedo, silencio, desplazamiento y muerte.

El hombre que durante años condicionó la existencia de otros pidió, al final, que sus propias decisiones fueran leídas desde aquello que lo condicionó a él. No necesariamente mintió. Hizo algo más humano: buscó el punto de su biografía desde el cual su responsabilidad pudiera doler menos.

Pero el arrepentimiento también tiene una medida política.

Pedir perdón desde una celda no implica renunciar al dinero, desmontar un ejército ni perder una ruta. Tampoco obliga, por sí mismo, a entregar los nombres de quienes protegieron, avisaron, cobraron o permitieron que el poder criminal se volviera parte del poder público.

Y ahí está lo que todavía falta.

"El Mayo" pidió paz, pero conserva la verdad sobre quienes hicieron posible la guerra. Mientras esa verdad permanezca enterrada, su arrepentimiento será personal, no reparador. Puede lamentar el daño sin desarmar la red que lo produjo.

Ésa es la última paradoja del poder: incluso derrotado, intenta elegir qué parte de la historia entrega y cuál se lleva consigo.

Al final ya no quedan escoltas, operadores ni subordinados capaces de convertir el daño en estrategia. Queda el hombre frente a sus decisiones.

Y entonces pide perdón.

No porque el pasado pueda cambiar, sino porque ya sólo le queda disputar la forma en que será recordado.

Pero México no necesita únicamente su arrepentimiento.

Necesita la verdad que todavía calla.

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Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión.

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