Cuba: energía, fragilidad y cerco
Cuba vive apagones prolongados, y es tentador explicarlo como una sola causa: “las sanciones”, “el bloqueo”, “Trump”. Pero la realidad es más incómoda —y más útil para entender lo que viene—: un shock externo no derriba lo que está sano; derriba lo que ya está frágil. Cuba no entra en oscuridad porque alguien apriete un botón desde fuera; entra en oscuridad porque su sistema energético, su economía y su capacidad de respuesta llevan años operando sin margen. Lo nuevo es que, desde enero de 2026, la presión externa dejó de ser ruido y se convirtió en estructura.
Primero, la base técnica. Cuba depende de combustibles líquidos —aceite combustible y diésel— para generar una parte central de su electricidad. Esa dependencia se vuelve crítica cuando hay plantas antiguas, mantenimiento intermitente, red saturada y poca capacidad de inversión. En un sistema así, el petróleo no es solo transporte: es electricidad; y la electricidad, a su vez, es agua, alimentos, comunicaciones y salud. Cuando falta combustible, no solo se apagan focos: se detienen bombas, se compromete refrigeración, se colapsa movilidad.
Y aquí hay un detalle clave: cuando se va la luz, entra el “plan B”, los generadores. ¿Con qué funcionan los generadores de hospitales, centros de emergencia y plantas de agua? Con diésel. Es decir: en un país con apagones largos, la resiliencia depende del mismo combustible que está escaseando. Por eso, aunque exista priorización, esa priorización es finita: se sostiene mientras haya diésel.
Sobre esa fragilidad previa, desde enero de 2026 la administración de Donald Trump activa una palanca que cambia el juego: una orden que permite imponer aranceles a países que suministren petróleo a Cuba, directa o indirectamente. Es una sanción de segunda capa: no se limita a presionar a La Habana; presiona a terceros usando el mercado estadounidense como amenaza. El efecto más potente no es el castigo en papel: es el miedo en el sistema. Proveedores, bancos, aseguradoras y navieras se retraen por “cumplimiento excesivo”. En términos simples: aunque exista petróleo en el mundo, se vuelve más difícil y más caro que ese petróleo llegue a Cuba.
En paralelo —también desde enero de 2026— entra la segunda capa: la dimensión logística. La Guardia Costera de Estados Unidos refuerza las condiciones de entrada para embarcaciones que hayan tocado puertos cubanos antes de entrar a EE. UU. Esto no es un detalle técnico: en comercio marítimo, la fricción equivale a costo. Más inspecciones, más demoras, más riesgo. Resultado: menos barcos quieren tocar Cuba si eso les complica operar en Estados Unidos. Así, incluso cuando Cuba logra comprar, transportar se vuelve un problema.
Ese es el cerco por capas: una medida desalienta a quien vende; la otra desalienta a quien transporta. Y cuando vendes menos y transportas menos, un sistema ya tenso se quiebra por las costuras.
¿Quién abastecía? Venezuela fue históricamente un pilar, pero entre su propia caída productiva y años de sanciones y riesgos sobre transporte y financiamiento, esos flujos llevan tiempo reduciéndose. México había ganado relevancia como proveedor en 2025; con la amenaza de aranceles, los envíos se congelan en la práctica por el riesgo comercial. El punto no es solo “quién quiere ayudar”: es quién puede vender, cobrar, asegurar y entregar sin exponerse a represalias.
¿Y el impacto real? Apagones más largos y más frecuentes. Racionamiento por zonas que intenta proteger circuitos críticos, pero que descarga el costo sobre hogares y economía cotidiana. Hospitales y servicios esenciales operan en modo contingencia: se prioriza lo urgente, se pospone lo programable, se limita lo no vital. Y como el turismo también se resiente por problemas de combustible —incluido el de aviación—, entran menos divisas, y sin divisas se importa menos combustible. El círculo se cierra solo.
La conclusión es sencilla y dura: la energía es política pública básica. Cuando la energía se convierte en instrumento geopolítico, el efecto no es abstracto: es agua, salud, alimentos y movilidad. Cuba hoy no está a oscuras por una sola causa. Está a oscuras porque un sistema sin margen recibió un golpe externo con diseño: comercial y logístico. Y cuando un país vive sin margen, cualquier golpe se vuelve crisis.
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