El año de la bestia
Primera un asunto de estilo, para aquel de mis siete lectores que se acercó y me dijo que hace semanas no me entendía, como dice la canción, de la misa la mitad: estaba escribiendo (estoy) un pasaje de un libro que me exigía escribir así, hasta mis notas de la universidad, por no decir que tenía que escribir al bies, a lo barroco, en aína, como quien busca un sustrato nitrogenado.
Era un poco lo que hicieron los cantautores hispanos en los tétricos y umbríos tiempos del franquismo: había que burlar la censura al tiro, rizando el rizo de tal manera que el censor no se enterara. El resultado: por sabido: no se enteraba el censor y no se enteraba ninguno, de tal manera que muerto Auté (o Serrat, Albert Pla, o Lluís Llach) se murió la crítica a la rabia, que a su vez se había muerto ya para fines del 75. ¿Y el resultado de mi experimento estilístico en ristra, cuando no en recua? Que tampoco me entendió nadie, salvo un masoquista que no me soporta (soy como su cruz personal: una liviandad plumífera), y que entiendo que me oye (que me escuche es ya otra cosa, o a lo mejor no), y, me entero ¡me lee! (y lo que sería, pero es, más inverosímil: ¡me entendió! Más calamidad a sus calamidades).
Volviendo a lo de antes de…, como quien trasunta: primero el título que, nomás escribirlo, me sonó al Día de la bestia, la película del 95 de Alex de la Iglesia y que vi en el Cine… en cualquiera, y para el que solo se me viene a la cabeza, en ristre para que no se me muevan las idas y venidas, el calificativo de cutre: adjetivo castizo y castellano para lo que es cutre, y que es la especialidad de Santiago Segura, que hace del fallido punk José María en el filme de marras.
Pero no es este un texto chungo sobre el Apocalípsis de Juan el de Patmos, que de eso va la cinta, sino uno más pedestre (¡ejem! por cuatro) y sobre todo más canino, aunque no exento de calosfríos y de horrores tenebrosos: mi perro, estoy seguro, está poseído y es algo así como un Behemot (la bestia de la Tierra) cuadúpedo y muy dado al caos y la destrucción.
Llegó hace un año, ya incubando el bicho que casi se lo lleva a la tumba, pero ya con muchas ganas de jorobar; justo el 11 de octubre, con un certificado de nacencia de dos meses antes, un virus hirviéndole en la sangre y una cara de no rompo un plato (aunque los muebles, las plantas y el género textil son lo suyo). A la semana cayó enfermo y a los dos días el veterinario dijo que era posible que de esa noche no pasara: pasó.
Mis censores, pasaron de la incredulidad (yo en mi vida no tuve más mascota que gallos de mentira y las famosas patas de), a decirme que esta manifestación de la entropía (que confirma así la Tercera Ley de la Termodinámica, y aquí ya estoy diciendo barbaridades, pues reprobé Física justo por culpa de dichas leyes, creo que anteriores a la Reforma Judicial), era un perro que había copiado mis rasgos de carácter, es decir mis mañas: hay quien dice, por difamarme nomás, que es un perro con la sangre pesada.
Eso sí es cierto: nada de arrumacos –que quitan el tiempo de estar destruyendo lo que se le pone enfrente.
Más de alguna vez pensé en buscarle un hogar con algún amo más paciente, pero su bien ganada fama de amo del caos, provocó que no lo quisieran ni en los criaderos de leones (los leones pusieron el grito en el cielo). El caso es que tiene un año conmigo y alguna avenencia hemos logrado (convivir es una palabra demasiado fuerte para usarla en este contexto), sobre todo a cuenta de cumplirle sus exigencias de gourmet: huevo frito con salchicha de pavo tres veces a la semana y nunca repetirle un menú dos comidas consecutivas. Ah, y su paseo diario, que reclama al caer la tarde con aullidos que recuerdan más a los alaridos de un Leviatán chiquito, que a sus antepasados los lobos.
Uno de esos amigos infames que tiene uno, míseros como Elifaz, Bildad y Sofar, los muy ruines amigos del santo Job, me dijo que seguramente el destino (dijo el Universo el muy bembo), me lo había mandado para que practicara la ignota, para mí, arte de la paciencia; paciencia no, que tengo la misma que antes (ninguna), pero resignación para regalar a puños.
¿En qué momento me convertí en el señor del sombrero que sale a pasear día con día, al caer la tarde, a esa bestia peluda que no conoce el sosiego? Los días veraniegos el sombrero sevillano de ala ancha, los días de otoño el Panamá, los días lluviosos (que no me perdona), una gorra de los Cachorros de Chicago, el impermeable y el paraguas: van tres que se come.
Dicho lo anterior, aquí los dejo, con la tranquilidad de que ya saben que se acabó el ensayo estilístico (que me estaba volviendo loco: pensar así no puede sino acabar en la neurastenia) y con la urgencia de irme a por la correa y salir a mi sesión diaria y vespertina de tirones. Y pesar que don Harold Bloom puede tener preocupaciones tan banales como dejar constancia de si las Cartas de Saulo (San Pablo para sus amigos) son un germen del antisemitismo. Por eso el mundo anda como anduvo (otro trasunto de tarea al masoquista de antes).
Abur.
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