El décimo círculo del infierno

¿Qué entienden estos bembos por dantesco?

Y es que tengo días que, casualidad o no, es prender la televisión, y escuchar a algún reportero destrozar el castellano y describiendo paisajes dantescos. Apelo al Diccionario de la Academia. Dantesco. Adjetivo. Perteneciente o relativo a Dante o a su obra (...) Que causa espanto (sinónimos: infernal, espantoso, terrible, tremendo, espeluznante, pavoroso….) Así dichas las cosas, parece que se refieren a México, aunque hay que reparar que el adjetivo pierde su poder semántico tanto por desgaste por abuso, como por la circunstancia de que estamos ante un país que parece, lamentablemente, curado de espanto.

Pero dejando la semántica, la ortodoncia y la melitología y otras honduras de lado, voy a lo que me truje, y a lo que me cruje, luego de una larga sesión de tamborazos a la que fui sometido, por la fuerza, por obra de una banda de torturadores que, disfrazados de honestos operarios, trabajan en una obra que tengo a lado de casa.

Esto me remite a la famosa Operación Causa Justa, cuando la invasión de Panamá para echarle el guante a Noriega. Se sabe que el tiranuelo se escondió en la Nunciatura y que los ocupantes lo dejaron peor de lo que estaba, junto con el Nuncio, a  fuerza de reproducir, con unos potentes altavoces, selectas piezas de AC/DC, Guns N’Roses, Black Sabbath y otras estridencias; tal tortura, a golpe de decibelios llevó, no sé bien, o a que el dictador se entregara suplicando que apagaran el ruido, o a que el enviado papal, ya con el chamuco dentro, lo entregara a las fuerzas de ocupación, suplicando lo mismo.

Volviendo a lo dantesco, mi tesis es que el poeta toscano dejó en nueve sus círculos del infierno, porque nunca pasó un trance semejante, pues en sus tiempos, por gloria del cielo, no existían ni las tamboras, ni esa cosa que creo que se llama reguetón (no sé cómo diablos se escribe), ni los narcocorridos, ni menos esos aparatos que sirven para escuchar música y que, usados por mentes luciferinas, sirven para que lo que quiera oír cualquiera tenga que ser soportado por cualquier ser vivo a un kilómetro a la redonda.

Dante padece una probadita de esto, por ejemplo, tres horas continuas con los éxitos de Pimpinela, o los mejores corridos de la Tambora Tremebunda, y pone a Hitler, Stalin, Calderón y demás tiranos sanguinarios en el décimo círculo infernal, donde han de escuchar a perpetuidad una selección de famosas y hórridas composiciones que incluyen a Palito Ortega, a Vicente, los Tucanes de Tucania (sic de la sic, diría Monsi), Estelita Núñez, Cornelio Reina y otros y peores engendros que nos trajo la modernidad y la capacidad de reproducir estos ruidos a cientos de decibelios.

No voy a entrar en eso de los decibelios, aunque entiendo que cualquier ruido a más de 80 de estos, que no es una escala sino una secuencia logarítmica, causa ya daños a la salud, que a los 140 provoca dolor y que a más de eso hace que uno se sienta súbitamente tentado a afiliarse a algún partido político. Entiendo también, que la OMS se quedó corta cuando nos alerta de las afecciones físicas y mentales del ruido (yo tengo un tío que escuchó un disco completo, y a todo volumen, de la Banda Rascuachísma Tropical y se hizo adorador de Noroña y una prima que hizo lo propio, pero con una lista de reproducción de corridos de Grupo Pestilente del Norte, y se fue a inscribir de aspirante con los panistas), pues a la ya complicada tarea de ver a cuántos decibelios bastan para que uno se quede hemopléjico, hay que agregar el siempre resbaladizo asunto de la calidad.

Que conste que estoy hablando de ruido, que es todo lo que está más allá de la delgada línea que separa la música, que es otra cosa, de los berridos, los aullidos, los graznidos y otros ruidos (¡vaya ripiazo me acabo de aventar!)

Decía Nietzsche que la vida sin música sería un error, aunque cuando el filósofo (que por cierto también quedó loco perdido) hablaba de música seguramente hablaba de Wagner o, luego del pleito, de Bizet y no del Tropicalísimo Apache, ni de esto que sigue sonando en mi ventana que, creo, debe ser algo así como la lista de los cien éxitos de Chico Che y la crisis –cosa asaz extraña pues creo que el señor tuvo cuando mucho un par de canciones en la lista de bodrios más vendidos en La Lagunilla.

Sobra decir que si Manuel Antonio Noriega bien se lo merecía, por dictador, por feo y por andarse poniendo con Sansón a las patadas, yo no sé cual es el crimen por el que así se me castiga, ni ante qué autoridad invasora tengo que entregarme para que paren esta masacre contra mis ya escasas neuronas.

Abur.

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Agustín Morales
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