El precio de la coherencia: Jeanette Vizguerra y la lucha que no se negocia
Las causas no son votos. No son tendencias, ni eslóganes de campaña que se desvanecen después de las elecciones. Las causas no se negocian, se consiguen. Y quienes las defienden saben que hacerlo tiene un precio. A veces es el aislamiento, la persecución, la difamación. Otras, como en el caso de Jeanette Vizguerra, es la privación de la libertad.
La detención de Vizguerra no es solo una historia sobre inmigración o sobre el endurecimiento de políticas bajo la administración de Donald Trump. Es la historia de cómo el poder castiga a quienes se atreven a desafiarlo. Vizguerra no es solo una mujer migrante que buscó una vida mejor en Estados Unidos, es una organizadora, una líder, una de las voces más visibles en la defensa de los derechos de los indocumentados. Y eso la convierte en una amenaza.
Porque las causas reales incomodan. No son campañas bien diseñadas con finales felices, ni relatos de éxito empaquetados para el consumo mediático. Son luchas crudas, muchas veces solitarias, que desafían estructuras diseñadas para que nada cambie. Vizguerra, al organizar redes de apoyo en iglesias y al convertirse en el rostro de la resistencia migrante en Colorado, hizo lo que el sistema considera imperdonable: mostró que el miedo no es inevitable. Que la comunidad migrante puede encontrar formas de sostenerse y resistir.
El gobierno de Trump ha demostrado que la represión no es solo política, es personal. Su regreso al poder trajo consigo una estrategia de revancha contra quienes desafiaron su primer mandato. La detención de Vizguerra no es un caso aislado; es un mensaje. Un recordatorio de que el sistema migratorio estadounidense no solo busca deportar cuerpos, sino también quebrar voluntades. No se trata solo de aplicar la ley, sino de castigar la desobediencia.
Pero aquí está la paradoja: la represión no debilita las causas, las fortalece. Jeanette Vizguerra es una persona, sí, pero su lucha es colectiva. Su historia es la de millones de migrantes que enfrentan un sistema diseñado para que nunca pertenezcan del todo. Su encarcelamiento ha encendido protestas, ha movilizado a defensores de derechos humanos y ha recordado a Estados Unidos que la justicia migratoria sigue siendo una deuda pendiente.
Muchos dirán que este es el precio de la coherencia. Que ser congruente con lo que se defiende, con lo que se cree, con lo que se es, tiene un costo. Y sí, para algunos ese precio puede ser temporal, para otros puede ser atroz. Pero la congruencia no es un sacrificio ni un castigo. No es algo que se paga. La congruencia es una forma de vivir.
Jeanette Vizguerra entendió eso hace mucho tiempo. Sabía el riesgo que corría, pero eligió no traicionarse. Porque hay quienes no están dispuestos a negociar su voz, ni su causa, ni su dignidad. Y en un mundo donde tantos han aprendido a doblarse para sobrevivir, los que eligen mantenerse de pie terminan mostrando el camino.
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