El voto de las girls
El pasado 3 de julio, México conmemoró el aniversario 71 de la primera elección en que las mujeres votaron por primera vez. Por esas fechas, un grupo de activistas ultraconservadoras propuso renunciar a este derecho en Estados Unidos, para dar paso a un modelo de sufragio por hogar, donde éste sea ejercido por el hombre de la familia.
La idea puede sonar ridícula en un contexto en que la participación femenina gana espacio en el poder; sin embargo, no debe ser tomada a la ligera pues ya Chantal Mouffe lo advirtió: ningún derecho se debe dar por sentado, pues un cambio mínimo en el tablero sociopolítico es suficiente para que desaparezca. Para la politóloga de origen belga, las leyes son “fotografías” de la relación entre fuerzas políticas en un momento dado y, como los equilibrios cambian constantemente, cualquier prerrogativa corre el riesgo de retroceder si quien la defiende pierde peso.
El sufragio femenino es resultado de una lucha que se remonta a finales del siglo XIX con las protestas de las sufragistas en Europa, quienes desafiaron las leyes de su época para exigir igualdad en la elección de autoridades. Este eco democrático resonó con fuerza en nuestro país, pero tuvieron que transcurrir varias décadas para lograr el reconocimiento constitucional del voto de la mujer en 1953. No fue sino hasta 1955, cuando por fin se abrieron las urnas para que las mexicanas eligieran integrantes de la Cámara de Diputados.
Si bien el voto de las norteamericanas se encuentra protegido por la Decimonovena Enmienda de la Constitución del vecino país, el mundo enfrenta el ascenso de la derecha, la corriente ideológica detrás de fenómenos como el Tradwife que promueve el retorno de los roles tradicionales, con todo y las desigualdades que acarrea. Mientras tanto, cobran fuerza entre las juventudes discursos como el de la energía femenina, las mujeres de alto valor -lo que sea que eso signifique- o bien, explicar a las girls cualquier cosa en términos de maquillaje en redes sociales. Pequeñas red flags o banderas rojas, que nos obligan como mujeres y como sociedad a replantear aquello que creímos nuestra conquista.
Aunque el principio de progresividad obliga al Estado a ampliar el alcance y protección de los derechos humanos de manera continua, para asegurar su vigencia a las nuevas generaciones, su defensa debe ser permanente no solo en los tribunales, sino en la política, las calles y en nuestro día a día pues, como dijo Mouffe , la democracia es una batalla inacabable.
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