Heidegger en el paraíso

Yo creo que estaba en ese famoso (e incómodo, por delirante) estado de duermevela cuando, mentalmente, esbocé un artículo que de alguna manera asociaba la noción del Dasein de Heidegger, con la Ley de Herodes de Ibargüengoitia. Luego me dormí, después desperté, recordé lo que estoy contando, pero no la manera en que asociaba yo la noción del alemán, que a decir verdad no entiendo del todo, y nada que tuviera con el escritor guanajuatense, celebérrimo por frases del tipo: “Que te crea tu madre”.

En todo caso no fue sino un artículo que articulé, que es un decir, en un estado febril y fruto de una asociación mental absurda (el libro de Gadamer de sus conversaciones con Vieta; el haber visto a deshoras el cortometraje alucinante de ‘Le jetée’ de Chris Marker, mi propio desasosiego, este sí de lo más heideggeriano); cuando reparé en el despropósito, en que a mí el alemán me cae francamente mal (porque no lo entiendo, la verdad, pero también por nazi) y que el guanajuatense –que dicen que no era tampoco pera en dulce– me cae, en cambio, muy bien, decidí conservar el título y quitarme de encima al filósofo.

El asunto es que hace un par de semanas andaba yo baboseando en las estanterías de Educal y me encontré el inédito de Ibargüengoitia, lo que me ha alegrado los ratos muertos desde entonces. Entre paréntesis esta librería es de lo más extraña: voy un día y la encuentro llena de novedades y de verdaderas joyas; voy a la semana y en sus libreros hay una colección de banalidades; vuelvo a pasar por allí, y veo que tienen libros de lo más interesantes; a veces los precios son de ganga, otras veces hay unos libritos que cuestan como si fueran incunables. El otro día estaba allí, escondido y como esperándome el librito de Vattimo y Santiago Zavala del “Comunismo hermenéutico”: poco más de 100 páginas y un precio de mil pesos. Demasiado caro para un libro escrito por un marxista de última hora y escrito para los nostálgicos del materialismo histórico.

Para más inri el subtítulo del libro es: “De Marx a Heidegger”. Volví una semana después, dispuesto a dejarme dar el sablazo y en su lugar estaban las obras completas de Carlos Castaneda y las novelitas infumables de Taibo a diez pesos por cada volumen.

He ahí un misterio; quizá cada semana cambian de administración, o hay dos, tres, cuatro gerentes, y cada uno de los cuales acomoda (de madrugada y a escondidas de los demás) los libros de su preferencia, hasta que a los tres días llega otro y hace lo propio, de tal manera que se puede hablar de la librería con el catálogo más novedoso, no de la ciudad que apenas tenemos librerías, sino tal vez del mundo.

Y aquí es donde me encuentro el inédito de Ibargüengoitia: con el riguroso sello de Joaquín Mortis, la reproducción de la Laville en la portada, la foto del escritor (con su cara de sapo) fumando en la segunda de forros, y el índice rigurosamente al final de la edición, enumerando los textos introductorios y los textos inéditos, que más que inéditos son versiones originales (y perdidas hasta hace poco) de textos ya incluidos en otras obras, tal el caso como ‘El paraíso en el jardín’, sobre la revolución cubana (o sobre la visita del escritor a Cuba tras su doble triunfo en los concursos de la Casa de las Américas).

Lo primero que iba a escribir, si no me hubiera ido por los cerros de Úbeda antes, era que era una fortuna que el prólogo se lo hayan encargado a Villoro (y no a Sheridan, por ejemplo); que la nota de la compiladora María Cristina Secci tiene los atributos de un estudio introductorio de manufactura argentina, es decir es infumable (aunque ella, me voy enterando, es italiana), para pasar luego a las obras completas del guanajuatense, a la edición de Javier Marías (también con prólogo de Villoro) para Reino de Redonda…

De paso les iba a contar del famoso Reino de Redonda, que existe, que está en una isla caribeña deshabitada, pero que tiene a su rey y hasta su nobleza; su primer monarca fue el escritor Matthew P. Shiel, al que siguieron una serie de pleitos dinásticos (incruentos) que se dirimen en un pub de Londres, bañados en pintas de cerveza negra. Todos los reyes de Redonda son escritores, casi todos de ascendencia británica, incluido al inmenso Dylan Thomas, con algún estadunidense por allí, tal el caso de Henry Miller. El genial Javier Marías fue en su día ‘El rey Xavier’, y tuvo entre su corte a Almodovar, a Umberto Eco, al sabio George Steiner y al mismísimo Ray Bradbury. El trono, entiendo, está vacante.

Luego iba a escribir algo como una mínima reseña del libro que dio pie a todo este galimatías, pero como ven se me pasó el tiempo en mis cosas y agoté el espacio. Ya será dentro de una semana.

Abur.

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Agustín Morales
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