Hórridos calosfríos
Salgo a la calle y, salvo que lo sé, nada me indica que estamos en Semana Mayor. Seguramente las calles desiertas del jueves sean un indicativo. Algunos, los menos, seguirán con los rituales que dicta la tradición, acaso la devoción; otros aprovecharán de cualquier manera el largo asueto.
Yo, que ni tengo asueto, y tengo más bien mucho trabajo por delante, programas de radio el jueves y sábado, me recreo en la memoria de aquellas lejanas jornadas de silencio de mi infancia. Silencio, una tristeza vaga que flotaba en el aire y ese sentimiento que se nos inculcaba de que estábamos viviendo jornadas terribles: un hombre había sido juzgado, condenado por clamor, torturado, humillado y asesinado. La cosa se ponía grave porque no se trataba de cualquier hombre, sino nada menos que el hijo de Dios; para más inri, nunca mejor dicho, todo era por mi culpa de pecador consumado –y eso que tenía siete, ocho años.
En mi barrio callaban las campanas y cada vez que se llamaba a oficio desde el templo, el crujir de una matraca, rompía la hora silenciosa; en casa no se encendían ni la radio, ni la televisión y los gritos y risotadas estaban proscritas.
No voy a decir que siento nostalgia por aquello, ni a ponerme a hacerle caso a la pérfida nostalgia que nos miente y nos dice que esos tiempos pasados fueron mejores. Pero había algo en ese hablar a susurros, en esos hórridos calosfríos, en esas calles desiertas. No sé qué era, aunque por decir algo digo que allí estaba el misterio, algo abisal, alguna cosa que, al cabo de los años, no ocupa mi pensamiento casi nunca, pero que de vez en vez me invita, como en esta tarde nublada, a ver por la ventana y quedarme allí, callado.
Pasaron los años y fue en el jolgorio sevillano que volví a sentir aquella sensación de estremecimiento.
Yo conocí Sevilla allá por el 88 del siglo pasado, y de eso ya son casi cuarenta años, aunque no fue sino hasta hace una veintena de años que estuve en sus peculiares celebraciones de la Semana Santa. Oscura, barroca, alegre por fuera y tristísima por dentro, la ciudad regala, en medio del estruendo de los tambores, del lamento desgarrador de las trompetas, allí donde apenas llega la lluvia de claveles y el eco de la saeta que baja de un balcón, rincones misteriosos donde se respira ese tufo, donde el frescor de la piedra evoca esos terrores infantiles, ahora dulzones porque cargan el aroma del azahar y la melancolía.
Lo extraño es que todo es trajinar; es una fiesta donde se llora cantando, y donde la sonrisa se troca en mueca y el dolor de los Cristos atormentados y las vírgenes adoloridas acelera el pulso para ofrecer una especie de alegría que nos lleva de Alemanes a Constitución, a Placentines, al Postigo, al Altozano.
Es una pena no estar allá, pienso. Pienso mientras veo en el celular la imagen que me manda mi hijo quien pasa el Domingo de Ramos en Plasencia, Extremadura, y está frente a un paso que muestra a Jesús al lomos de un borrico, y me hace llegar la fúnebre marcha que toca la banda de ocasión.
Madrugá en El Salvador, en Sierpes, en La Campana, entre copas, torrijas y tazas de café. Parches que rompen la noche en una cadencia fúnebre, luego rota por el lamento de las trompetas del Juicio que arañan mi ventana que da a Álvarez Quintero. Viernes por Jerez, por Camas, para volver al Altozano para ver si el cielo abre claros y sale el Cachorro a encontrarse con la Virgen de la O, tomar el Altozano, el Puente de Triana, Adriano, hasta llegar a la Catedral.
Una noche ya lejana, hace más de diez años, estaba yo un sábado casi a medianoche fumando en soledad en una terraza de lo que fue el Palacio Episcopal de Sevilla, hoy convertido en un hotel. Llegó la medianoche y rompió la hora. Santa María La Mayor, con sus 5 toneladas de viejo bronce retumbó desde el corazón de la Giralda y las 24 campanas comenzaron a proclamar la festiva Pascua a la ciudad dormida. Diez, cien mil, un millón de murciélagos, despertados de golpe, comenzaron a chillar en una nube de negruras que rodeó la torre, que cantó su eterno canto de metal y piedra para mí que vi, como Moisés a lo lejos vio la Tierra prometida, algo que entre las sombras parecía una grieta de luz en la noche más oscura.
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