La biblioteca Ibargüengoitia
“Sarita me sacó del fango…” Así comienza ‘La ley de herodes’, el celebérrimo cuento de Jorge Ibargüengoitia, por lo menos en mi edición de 1987 del libro homónimo (cuya primera edición es de 1967) y que corresponde al volumen 73 de la Segunda Serie de las Lecturas Mexicanas de la SEP, el último coletazo del fallido intento vasconcelista de hacer de los mexicanos un pueblo de lectores y que terminó, como todos sabemos –o deberíamos de– con el esperpento de Marx Arriaga atrincherado en su oficina. De la colección en dos serie ya me ocuparé algún dá –el asunto del tipo antes mencionado no me interesa en lo más mínimo.
No lo recuerdo bien, pero seguramente ese fue mi acercamiento del mundo Ibargüengoitia, uno de los seis o siete escritores que tienen un espacio más o menos dedicado en mi atiborrada biblioteca (Borges, el primero, con espacio para las monografías, ensayos, etcétera que usé para mi tesis doctoral; Camus, con algún par de ediciones en Gallimard y en francés: ‘El Malentendido’, ‘Calígula’; Knausgaard; Eliot y Pound; lo que me cae de Noema-Turner; y alguna cosa más). Según la última de forros del libro póstumo que no ocupa –una vez que nos quitamos de encima a Heidegger–, la colección tiene 16 título y, salvo el ‘Teatro reunido’, los tengo todos.
Sobre la versión de antes conocida de ‘revolución en el jardín’, yo, como todo el mundo, es decir todo el mundo que ha leído al guanajuatense, conocía la versión de ‘Viajes por la América ignota’ (JM, 1972); de los libros referidos salvo ‘La ley…’, que ya dije es la coedición de Mortis con la SEP y ‘Autopsias rápidas’, que tengo en Vuelta (esta sí con la nota introductoria de Sheridan), el resto son de Joaquín Mortis como editorial independiente –el último ya con el sello como parte de Planeta–, todos con las pinturas de Joy Laville en la portada.
Antes de la mínima reseña, quiero reparar en el espacio dedicado a esta colección, y al hecho de que alguna vez pensé en hacer mi tesis sobre su obra, que en ese entonces, 1995-97, era imposible de conseguir en España; faltaban algunos años para Javier Marías manifestara su admiración, y lo pusiera de moda entre los lectores ibéricos, sobre todo a raíz de su compilación, para más inri titulada ‘Revolución en el Jardín’ del sello Reino de Redonda (2008), que incluye el texto antes referido (la versión del 72) y también un prólogo de Villoro, lo que me llevó a Borges.
Sobre el espacio, ahora que conseguí este libro con la versión de 100 páginas de ‘Revolución…’, por obra de la italiana María Cristina Secci y un epílogo de Fornet (que parece tratar más de José Revueltas que de Ibargüengoitia), me llamó la atención la vecindad en que están los libros de nuestro autor. Villoro hablaría, parafraseando a Goethe, de las afinidades electivas, y Calasso de la “regla áurea” del “buen vecino”: Junto a los libros del malogrado autor están, por descuido, error o puro azar, una edición cubana de ‘La consagración de la primavera’ de Carpentier de Editorial Letras Cubanas, que compré en La Habana en el año nuevo del 90; una vieja edición de ‘La feria’ de Arreola’, también en JM; otra cubana, el ‘Delito por bailar el chachachá’ de Cabrera Infante; y, de colados ‘El elefante…’ de Murakami y ‘La guitarra azul’ de Banville. ¿Quién dispuso tan desorden? Nadie que no fuera yo, aunque no tengo idea de mis motivos.
Ahora la prometida mínima reseña: Ibargüengoitia está sin blanca y del cielo La Casa de las Américas, es decir el régimen de los Castro, le premian ‘El Atentado’, su obrita sobre el asesinato de Obregón a manos del fanático católico León Toral (supuestamente instigado por Calles); lo invitan de jurado para el certamen del año próximo (1964) y no puede ir, y en cambio envía a concurso, ahora de novela, ‘Los relámpagos de agosto’, su novela donde se burla de la revolución, los revolucionarios (y de paso de Martín Luis Guzmán, Fuentes y de los cantores de la gesta de 1910). Aquí entra en escena, como una especie de Deus ex machina, Italo Calvino, y para no hacerles el cuento más largo, el guanajuatense gana el Premio por segundo año consecutivo.
El gobierno de Cuba, vía La Casa de las Américas, lo invita a un viaje donde se encuentra, entre otros con Fernando Benítez y el surrealista chileno Roberto Matta; se deja entrevistar, va a una fábrica de tractores o de refrigeradores, dá lo mismo, bebe ron y da una conferencia, regresa a México, va a un encuentro de intelectuales en Tulum que, luego se supo, estuvo patrocinado por la CIA. Escribe un artículo (“o lo que sea”) burlesco, y lo publica, que deja a los cubanos indignados. Fin de la historia y fin de la amistad.
Para más datos pueden, si están interesados, si tienen tiempo y, al fin de cuentas si se les pega en gana, comprarlo, o pedírselo prestado a un ingenuo que lo tenga y se los quiera prestar, y leerlo ustedes mismos. La opción de una biblioteca pública queda totalmente descartada.
Abur.
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