La carta a Eufemia y los campos de aniquilación

Visto lo visto, en el étimo primo (andamos domingueros, luego del descanso de una semana) está la trampa; como sea de algo me sirvieron las clases de etimologías grecolatinas que, de puro milagro curricular, me dieron en la secundaria y en el bachillerato –cuando los que diseñaban los programas académicos tenían una mínima preocupación de quitarnos lo salvajes.

Es un arcaísmo y, hasta donde entiendo (poco), un barbarismo decir que alguien se conduce con eufemia, que no es lo mismo que decir que uno habla con Eufemia, la de la famosa carta; lo uno se refiere a que el apelado habla correctamente; lo segundo, que el que habla con Eufemia, está por lo menos orate.

Luego del breviario, vayamos a lo del eufemismo. Palabra que viene del griego (la lengua antigua y muerta, no el yogur que ni es yogur, ni es griego), y está compuesta de la partícula “eu” (bueno, correcto) y de la palabra “pheme” (voz, palabra, luego, por extensión: reputación, rumor, noticia, amén de la diosa Pheme, propagadora de chismes, por decirlo de una manera y no irme por la vereda tropical); en buen cristiano querría decir hablar bien, hablar favorablemente, aunque lo que tenga uno qué decir no lo sea, sino todo lo contrario.

Mucho se rompió la cabeza el bueno de Adán, en nombrar los sujetos y los objetos de la Creación. Puso al día, día y a la noche, noche. Llamó león, al león y párenle de contar, pues el paraíso, siendo el paraíso, tenía escasez de sujetos y de objetos. Por decir alguna cosa, en el Edén nadie pudo llamar llave inglesa a la llave inglesa, ni ordenador portátil a las laptop, por la sencilla razón de que no existían; escasos como andaban de personas en esos tiempo primigenios, el buen Adán se conformó con nombrar a Caín y a Abel, y no podía adivinar que en el futuro habría un Newton, un Nietzsche, un Américo Vespucio, un Próculo Pulido, un Adolfo Hitler y miles de millones de etcéteras. Don Adán será todo nuestro primer padre que ustedes quieran y gusten, pero adivino no era.

Ya me podría yo meter con el detalle de Babel, con el insigne Carolus Linnaeus y otros mentadores de cosas, pero esto es un artículo, no un amago de taxonomía de todas las taxonomías –tarea para la que no estoy ni capacitado, ni dispuesto.

El asunto es que vivimos en tiempos duros para el entendimiento y para siquiera entender de qué chamucos hablan los demás. Hemos manoseado tanto las palabras que las hemos vaciado de significado, hasta ya no saber a qué nos referimos cuando llamamos al pan, pan y al vino, vino: yo escucho pan y pienso en una secta de bembos, y me asombro que los hay que juran que en estos páramos se produce alguna cosa a la que llaman vino (el bonachón de Baco se revuelve en su panteón).

Viene ahora la repartidera de culpas (un entretenimiento poro ejemplar, pero la mar de divertido): los legisladores, los leguleyos, los mercaderes, los demagogos, los mitómanos profesionales (que incluyen a muchos de los ya señalados), los apóstoles de lo políticamente correcto (“woke” le dicen), los bembos del lenguaje “inclusivo” y etcétera (los articulistas tenemos nuestra dosis de vela en este entierro, hay que admitirlo).

Yo tengo mis tirrias particulares: la jerga judicial (que se irá al traste ahora que los analfabetos ocupen las Cortes), donde los acusados son “indiciados” y los asesinos “homicidas calificados”, y evidentemente los políticos, que metidos a inventarse su mundo de ensueño, dicen que allí donde hubo un campo de exterminio, en verdad lo que había era una plantación de alcachofas.

Sí mataron a algunos, nos dice un alto funcionario, pero… Yo creo que en su lexicón particular hacen falta cien mil, doscientos mil… el poco más de un millón de muertos que, se estima, hubo en Auschwitz-Birkenau, para que los infames de las asociaciones de búsqueda de desaparecidos, anden contando por allí que lo de Teuchitlán era un matadero.

Por cierto, el eufemismo tiene su antónimo: disfemismo. Como ya estoy excedido de texto, me despido con uno, solo con fines ilustrativos: decirle charlatán al señor Noroña, es un disfemismo; llamarle ruin, es una definición.

Abur.

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Agustín Morales
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