La Corte contra Trump: nacer no puede ser sospecha

En México casi no hay familia que no tenga a alguien en Estados Unidos. Un hijo, una hermana, un primo, un nieto. Por eso, la orden de Donald Trump contra la ciudadanía por nacimiento no fue un debate lejano entre abogados de Washington. Fue una amenaza directa al árbol familiar de millones de mexicanos.

La Corte Suprema frenó la medida. Trump no pudo quitar por decreto un derecho protegido durante más de un siglo: que quienes nacen en territorio estadounidense son ciudadanos de ese país. Legalmente, perdió. Pero políticamente la historia es más compleja.

Porque la orden ya había hecho daño antes de ser derrotada. No necesitaba aplicarse por completo para producir miedo. Bastaba con que una madre embarazada se preguntara si su hijo tendría acta, pasaporte, número de Seguro Social o acceso a servicios básicos. Bastaba con que una familia mexicana, desde Zacatecas, Aguascalientes, Jalisco o Guanajuato, llamara a Estados Unidos para preguntar: “¿y ahora qué va a pasar con el bebé?”.

La dimensión ayuda a entender el golpe. Según estimaciones de Pew Research Center, en un solo año nacieron en Estados Unidos 320 mil bebés de madres indocumentadas o con estatus legal temporal. De ellos, alrededor de 260 mil habrían quedado fuera de la ciudadanía si la orden de Trump hubiera estado vigente. No hablamos de una excepción. Hablamos de una población de recién nacidos equivalente a una ciudad entera.

Y frente a esa incertidumbre, muchos mexicanos hicieron algo profundamente revelador: buscaron reforzar la nacionalidad mexicana de sus hijos y descendientes. En 2025, más de 125 mil personas obtuvieron la nacionalidad mexicana en Estados Unidos, un aumento de 153 por ciento respecto al año anterior. La cifra no sólo habla de trámites. Habla de miedo, de prevención y de una intuición familiar muy mexicana: si un país empieza a poner en duda tu lugar, necesitas asegurar otro respaldo.

Ese es el contraste. Trump quiso convertir el nacimiento en sospecha. Las familias mexicanas respondieron convirtiendo la pertenencia en protección.

No hay todavía una cifra confiable que diga cuántos niños dejaron de ser registrados por miedo. Ese dato debe manejarse con responsabilidad. Pero la ausencia de una estadística no significa ausencia de daño. A veces el daño ocurre en silencio: en la madre que duda, en el padre que pregunta, en la familia que junta papeles, en quien entiende que un derecho puede volverse frágil cuando el poder decide ponerlo bajo sospecha.

Trump perdió en la Corte, sí. Pero logró que miles de familias vivieran la ciudadanía como amenaza. Y ningún niño debería empezar la vida cargando con el castigo político dirigido contra sus padres.

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