La protesta bajo sospecha
Un grupo de vecinos bloquea una avenida porque lleva días sin agua. La escena debería indignarnos antes que irritarnos. Después de todo, estamos hablando de personas que reclaman acceso a un derecho humano.
Sin embargo, algo curioso suele ocurrir cuando aparecen este tipo de protestas. Poco a poco la falta de agua deja de ocupar el centro de la atención. La conversación comienza a desplazarse. Ya no discutimos por qué una colonia llegó al extremo de cerrar una avenida. Empezamos a discutir el bloqueo. Después la afectación al tránsito. Después las molestias ocasionadas a terceros. Más tarde aparecen las advertencias sobre posibles sanciones o responsabilidades legales.
Mientras la discusión cambia de foco, algo ocurre: el problema que dio origen a la protesta comienza a desaparecer de la conversación pública. Ya no es la falta de agua sino la impertinencia de exigirla.
La conversación se desplaza y ese desplazamiento importa.
Hace varios años publiqué un libro sobre un episodio de protesta social ocurrido en Guadalajara. Lo que me llamó la atención no fueron solamente las detenciones o la actuación policial. Me interesó observar algo que ocurría antes. Conforme avanzaba el conflicto, cada vez se hablaba menos de las razones de la protesta y más de quienes protestaban. La discusión se fue desplazando. Ya no se hablaba de las demandas. Más bien, los manifestantes terminaron ocupando el centro de la escena: su origen social, su afiliación partidista, sus ideologías, su adscripción religiosa, su tono de piel.
Por eso algunos acontecimientos recientes en Aguascalientes me resultan familiares.
Pienso en las protestas contra la visita de Isabel Díaz Ayuso. Pienso también en las movilizaciones de vecinos que denunciaban la falta de agua en distintas colonias de la ciudad. Son casos distintos y sería equivocado equipararlos. Pero ambos muestran algo que vale la pena observar.
En las protestas contra Díaz Ayuso, una parte de la discusión pública comenzó a concentrarse menos en las razones de la inconformidad y más en la identidad de quienes protestaban. Se habló de comunistas, radicales, agitadores y grupos que buscaban confrontación. La atención comenzó a desplazarse hacia las personas. En las protestas por el agua ocurrió algo diferente, pero no del todo ajeno. La conversación empezó a concentrarse cada vez más en los bloqueos, las molestias y las afectaciones al tránsito.
En ambos casos ocurrió algo parecido: las demandas originales comenzaron a perder espacio frente a la discusión sobre los manifestantes o sobre los métodos utilizados para protestar.
Y ahí conviene detenerse un momento.
A ver. Las protestas siempre generan incomodidades. Precisamente por eso son protestas. Interrumpen rutinas, alteran la normalidad y obligan a mirar aquello que habitualmente permanece fuera de nuestra atención. El problema aparece cuando la conversación pública termina concentrándose exclusivamente en esas incomodidades y deja de preguntarse por las razones que las produjeron.
Porque entonces dejamos de hablar de la falta de agua y comenzamos a hablar del tráfico. Dejamos de discutir las razones de una inconformidad y empezamos a discutir las molestias que genera. La atención se desplaza de las causas de la protesta hacia sus efectos.
Rara vez la gente llega a la calle como primera opción. Generalmente llega cuando siente que las otras puertas ya se cerraron.
Por eso conviene mirar con cuidado estos episodios. No basta con preguntar si hubo bloqueos, si hubo afectaciones o si hubo molestias. También vale la pena preguntarse qué ocurrió antes. Qué problema no fue atendido. Qué demanda no encontró respuesta. Qué hizo que un grupo de personas sintiera la necesidad de ocupar el espacio público para ser escuchado.
En Aguascalientes deberíamos ser especialmente cuidadosos con una tentación muy extendida en las democracias contemporáneas: hablar de la protesta sin hablar de aquello que la produjo. Es una tentación cómoda. Nos permite concentrarnos en la incomodidad que genera el conflicto sin preguntarnos por las razones que lo hicieron aparecer.
Tal vez por eso conviene mirar con cuidado estos episodios. Porque es más fácil discutir el bloqueo que la falta de agua. Es más fácil hablar del manifestante que de la demanda que expresa.
Pero los conflictos no desaparecen cuando dejamos de hablar de ellos.
Simplemente se van acumulando hasta que un día, explotan.
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