La risa en vacaciones

Aunque da tentación, pues suena tan fácil como quitarle el dulce a una niña ciega (a una menor de edad con deficiencia visual, para los amigos de los eufemismos), no pienso decir nada sobre la sandez esa de Mario Delgado y las vacaciones mundialistas; si yo fuera el peladito que muchos creen diría que no voy a comentar esas sandeces; para que vean que no lo soy, mejor citaré a Borges y diré que para qué agregar al Universo “otra causa, otra cuita”.

Voy a ejercitar aquí, como suelo hacer desde hace más de dos décadas, año con año, el recuento de los daños, siempre en el sobreentendido de que cada cual habla de la Feria según le fue en ella, tomando en cuenta que hoy es el primer lunes post festejos, o como dijo un amigo mío que vive en las inmediaciones: “por fin se acabó ese infierno”.

Son los días de contar millones (reales o ficticios), de presumir lo supuestamente conseguido o de las cantaletas de siempre, expresadas en una fórmula genérica: juro, por lo más sagrado (por los clavos de Cristo, si es el caso), que, ahora sí de verdad y de manera solemne, este fue el último año que… Complete usted la frase según sus circunstancias, sea antrero, expositor, crupier, dueño de un restaurante, de un carro de tacos, torero, mesero, taxista, inspector del honorable cuerpo de sablistas con licencia, gallero o sencillamente un dipsómano afecto al derroche.

Yo puedo decir, sin ningún orgullo particular –no es ninguna gracia ser un misántropo–, que a mi me fue de maravilla, como me ha ido desde que en en el año 2004, hace 22 años, puse un pie por última vez en la dichosa verbena. Ni tráfico, ni estacionamientos, ni bravucones, ni sablazos, ni albures fallidos, ni nada por el estilo.

Es un topicazo local eso de encontrarte a algún conocido y sostener un diálogo como el siguiente:

–¿Qué tal te va de Feria? –, pregunta uno, el que en otras circunstancias nos cuestionaría por el calor, por el frío, por la lluvia…

–Mmmm –responde el otro con la mirada vacía y con cara de que acaba de ser chupado por un vampiro.

–Pues yo fui el otro día y estaban dando los cubalibres a 300 pesos –respondería un tercero, este de la estirpe de los sibaritas.

Aquí lo novedoso es que, por primera vez en medio siglo, descontando los abriles que no pasé aquí, ya por vivir en otra ciudad, ya por estar de viaje, no acudí a ninguna de la corridas de toros, luego de suplicar a los que me hacen favor de invitarme –no soy un ingrato y agradezco siempre–, que dándome por invitado, halagado, que este año apartaran de mí ese cáliz, que más que amargo es cada año más soso.

Ya el segundo viernes de la pasada pachanga, coincidí en mi comida semanal de amigos con varios que, en otras circunstancias, en lugar de estar allí, estarían en la plaza o disponiéndose a entrar; uno de ellos, que solía ser de los que me invitaban a un par de festejos cada año, me confesó que estaba hasta el copete y que había perdido sus derechos de apartado; otro allí presente, dijo que había pasado los boletos dada la calidad (mala) del cartel, pero que era el último año que los adquiría. Yo dije que, en mi caso, los señores Barrera y compañía habían logrado lo que nunca pensé que pasara: que se me muriera la afición.

Esto último no es del todo cierto, pues el año pasado fui, animoso y con las ganas de siempre, a una corrida en Jerez de la Frontera y a un par de festejos más en San Isidro, en Madrid.

De alguna manera recordé, y por fin entendí, cuando mi tío Ramoncito Morales, aficionado de los de antes, decidió ya no pararse en las plazas: él había vivido de cerca la llamada Época de Plata de la Fiesta en México y no le gustó lo que vino después, allá a finales de la década de los setenta del siglo pasado, que es justo cuando comenzó la “tropicalización” de la tauromaquia mexicana.

Para explicarme a los amigos, les conté que yo tenía muchos años de no ir al cine, siendo como soy más que un cinéfilo, si un apasionado de cierta cinematografía: la de Bresson, la de Godard, la de Tarkovski, de Peter Grrenaway, por supuesto que la de Malick. A propósito de Terrence Malick, luego de ver en una salita madrileña, hace unos siete años su ‘A hidden life’, se me ocurrió hace un par de años ir aquí ir a ver la repelente versión de ‘Napoleón’ de Ridley Scott; si vuelvo al cine, juré y sigo jurando, será para ver ‘The way of the wind’, que según entiendo está filmada y tiene tres años en etapa de montaje, es un drama bíblico sobre la vida de Jesús y, a decir del cineasta, será una de sus películas más importantes.

Lo mismo pasa con los toros, no dan las mismas ganas de ir a una sala (a congelarse, además) a ver alguna cinta que tengo pendiente, como Yi Yi de Edward Yang, que la de ir al Cine Encanto (que ya ni existe) a ver la quincuagésima entrega de La risa en vacaciones.

Post Scriptum: sé que las comparaciones pueden ser odiosas, pero también suelen ser muy divertidas y, además, a mi me educaron muy mal.

Abur.

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Agustín Morales
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