La savia de un país

Como suelo hacer los lunes, me desperté ya rumiando qué frivolidad iba a escribir esta semana, no porque sea un frívolo, que lo soy, sino porque hace tiempo pensé que en este país, y en estas circunstancias, hablar de lo que sea, sobre todo de las cosas graves, es un ejercicio vano, pues hasta las voces más sensatas se pierden en el griterío; luego está mi renuncia voluntaria a ser algo así como la guía moral de una sociedad que tan bien parece ordenarse de cualquier manera en la anarquía y en el desgobierno.

Así las cosas, ya antes de que amaneciera, ya estaba yo pensando si continuar con mi reflexión sobre el mundanal ruido, reconociendo que si cada quien tiene derecho a escuchar lo que se le venga en gana, así sea la Novena de Dvorák (mis diacríticos para el checo no los encuentro en el teclado), o un narcocorrido de los Palomos de Mocorito, los demás tenemos también el derecho a no enterarnos. Nunca, consta en actas, he internado llegar a un lugar público y pretender que el personal tenga que recetarse Das Lied von der Erde de Mahler, en el entendido de que conozco apenas a tres cuatro personas que no enloquecerían al escucharla (habrá más, pero yo no tengo el gusto), seguro Rodolfo Popoca, mi compadre Armando Alonso y mi hijo; todo con esa reflexión de fondo –que leí por allí hace mucho, ¿Sheridan? ¿Villoro?–, de que aquí estamos siempre muy conscientes de nuestro derecho propio, pero nos importa una tuerca y una rondana el derecho ajeno.

También estaba pensando que sería oportuno, para no quedar como el energúmeno que soy, mejor hablar del aniversario de Laszlo, la bestia húngara, quien justo este martes cumple un año destrozando lo que se encuentra a su paso –incluidos mis nervios–, hasta que…

Encendí el televisor unos minutos antes de las siete y no supe bien a bien a qué hórrido suceso correspondían los gritos que escupía el aparato, pues yo estaba un tanto lejos haciéndome un batido de fresa; corrí frente a la pantalla cuando escuché Colombia, solo para enterarme que treinta minutos antes se había registrado el terremoto. El servicio de no sé qué de los Estados Unidos confirmaba la intensidad, mientras que apenas se reportaban algunos daños, sin más datos por ese momento. El epicentro en San José del Palmar, en la región del Chocó, que, creo, estaría equidistante de Bogotá, Medellín y Cali, en el Pacífico Colombiano, lugar del que no había escuchado nunca antes.

Lo demás es lo que suele suceder en estas tragedias; se interrumpen las comunicaciones, se van reportando datos a cuentagotas, se habla de edificios, puentes, terminales aéreas dañadas, de desaparecidos y al final comienza en conteo fatal.

Yo solo he estado una vez en Colombia, en Cartagena de Indias para un encuentro anual del BID, allá por 1997 o 98, muy lejos en el tiempo y muy lejos de las zonas más afectadas por el seísmo.

Abrevio que me estoy perdiendo ya por las famosas faldas de los famosos cerros de Úbeda, pues el caso es que desde hará un par de años mis alumnas y alumnos del doctorado son todas y todos colombianos; ahora mismo tengo cuatro grupos de una veintena de ellos, más dos doctorandas a las que ayudo en la confección de su tesis de grado. A través de ellos mucho me he acercado a ese país, con el que tenemos mucho más afinidades que las que nos hacen suponer dos fenómenos: uno terrible, que es la violencia; otro, de segundo orden, que es el fútbol –alguien hablaría de la música y yo, a decir verdad, no le hago el feo a una buena cumbia.

Se trata, en todos los casos, no de estrellas de la música, ni de futbolistas de fama, ni financieros célebres (en Colombia hay un vigoroso capital), y menos de buscados forajidos internacionales, sino de maestros: catedráticos, incluso algún rector, pero también maestras de primarias rurales, de salones multigrados de veredas (pueblos) perdidas en la zona andina, en las alturas cafetalera, en las selvas… Ellos son la savia de ese país y su apuesta, la apuesta de su país (que me parece afortunada) es para que su futuro sea necesariamente mejor –mientras que aquí la apuesta es destruir nuestro ya frágil sistema educativo.

Me encuentro francamente consternado: las comunicaciones están afectadas y apenas nos llegan a cuentagotas mensajes tranquilizadores de un puñado de ellos, que reportan estar en las zonas menos afectadas y estar bien. Del resto apenas sabemos nada: Manizales sin Internet, Neiva lo mismo, Pereira en estado de emergencia extrema, Tuluá, Ibagué, Popayán, toda la zona cafetalera de Cauca, Guacarí… Nombres de lugares que no conozco, pero de los que espero noticias; buenas noticias.

Poco puedo agregar; califico sus entregas semanales, sin saber bien a bien si se encuentran bien, si lo están los suyos, si sus casas están en pie, si no pasarán la noche sin agua, sin luz, sin saber si sus escuelas están de pie.

Poco más que decir, por ahora. Abur.

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Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión.

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Agustín Morales
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