Las cuitas del ciudadano: el hombre propone

Supongo, y me adelanto a las objeciones, que contratiempos de esta naturaleza los hay, y mucho más gordos, más graves, a veces capitales, y de consecuencias mucho peores; son las cuitas de los ciudadanos, esos mortales de a pie que, semejantes a nosotros (hay quienes los llaman, incluso, prójimo), vivimos nuestros empeños, siempre sujetos al azar, a las circunstancias, a los reveses del destino, el desdén de la fortuna; quejumbrosos como hemos sido desde los tiempos inmemoriales, usamos estas cuitas para escenificar unos singulares dramones y tragedias, que cuando están bien escritos (y usan de coartada a los dioses, a las fuerzas cósmicas, a los poderes sobrenaturales), llegan a las alturas de un Eurípides o un Sófocles.


Lo mío no es para tanto. Ni siquiera es una queja (de nada sirve andar de
Casandras por la vida, menos en este tiempo en que los burócratas hacen las
veces de los semidioses), sino un ejemplo de cómo el hombre que se supone civilizado, depende en su día a día de servicios y productos, de benefactores, digamos, que nuestros antepasados recientes ni siquiera soñaron tener.
Hablo de un apagón y de una reclusión.


No es que los cortes del suministro eléctrico sean un invento de las actuales
autoridades (apagones hay desde que hay energía en nuestras casas y oficinas), aunque consentirán ustedes, comprensivos lectores, en que parece que en estos tiempos ya se hicieron costumbre; yo lo noto, cuando me pillan en casa, o frecuentemente (tanto como uno por semana, promedio), cuando al regresar veo que mi esforzada nevera agoniza de tantas subidas y bajadas de tensión, o que los relojes parpadean, marcando las 12.00 horas, señal de un corte. Pero que hablen los hechos.


Domingo a las 8 y pico de la mañana. Brinco de la cama, sabiendo que tengo un día que será de todo, suponía yo, menos un aburrimiento dominical. Cuando
comencé a ponerme católico, después de desmodorrarme, hice un esbozo del
día: café matutino, licuado sano y nutritivo, ver el juego del Real Madrid, ir a
pedalear una hora, volver, ducharme, comer, hacer una pequeña siesta, y luego sentarme a revisar unos ensayos que tengo de un par de grupos de estudiantes del doctorado.


Ya vendría bien ponerme a citar a Borges (necesariamente mal), para hablar de
esos súbitos golpes del destino y darle épica a este relato, más bien doméstico y del todo intrascendente, pero me limito a señalar que el televisor súbitamente se apagó: se había ido la energía eléctrica.


El problema, si lo es, es que en casa me quedé sin televisión, sin cafetera, sin
licuadora para mi licuado nutritivo, sin estufa (el encendido es eléctrico)... El
problema aquí, el verdadero problema, es que mi auto está resguardado tras un portón eléctrico, y mi casa, que es la suya –esto es pura cortesía, no ninguna invitación a que me vengan a despojar–, está dentro de una pequeña privada de la que no sale ni Zoroastro, si no se acciona un segundo portón también movido, cuando es el caso, por energía eléctrica.


O sea estaba encerrado, sin café, sin televisión, sin forma de alimentarme (a
menos que optara por comer jitomates a mordidas o engullera puños de granos
de avena), sin mi juego del Madrid… Poco a poco me di cuenta que tampoco, a
falta de energía, había agua corriente y, lo peor de todo, sin internet, casi como
un hombre de las cavernas, con pocas opciones salvo la de leer o, de plano,
ponerme a pintar en las paredes con un crayón.

Ya me apuraban lo suyo el juego del Madrid, el hambre, la necesidad de café, el sentimiento de aislamiento que ahora sentimos sin tener forma de comunicarnos con el exterior, aunque lo que más me apuraba era no tener forma de encender la computadora y trabajar, en caso de que el suministro no fuera reestablecido.

De mi casa salí, tres horas después, empujando, cual Heracles, mi portón
particular; el de la calle lo lo liberaron dos esforzadas vecinas, que saben cómo
manipularlo manualmente en caso de que la CFE nos la vuelva a aplicar; el
hambre la maté con una torta de carnitas (nada nutritiva) y lo del internet, en
una red pública del club a donde me fui a entretener las horas, y en donde me
enteré que el Madrid había vencido.


El pequeño drama doméstico se solucionó, satisfactoriamente (no tuve que
pintar bisontes en ninguna pared), en alguna hora entre la una de la tarde, que
me fui, y las tres y pico en que volví; no sé si estas horas en que no nos
suministran energía son rebajadas del recibo, que yo sigo viendo igual de
abultado que siempre, si no es que un tanto más.


Abur.

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión.

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Agustín Morales
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