“Los sueños azules que hoy ves aletear…”

El dos de agosto de 1914 cayó en domingo. Ese día, supongo que en la noche, Franz Kafka escribió en su diario: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. De hecho Alemania le había declarado la guerra al Imperio zarista un día antes, el día primero, y la Gran Guerra había comenzado dos semanas atrás, el 28 de julio, con la declaratoria del Reich a Serbia, por el asunto de Sarajevo. Kafka, impedido por motivos de salud, se fue a nadar.


¿Y qué tiene que ver esto con el tango? Hasta donde sé, que sé poco, nada en lo absoluto. Lo que pasa es que a veces, cuando la actualidad es un campo minado, hay que irse a nadar, a dormir… a escuchar tangos. Cuento a esto a manera de descargo por y para no hablar de los muchos, graves y capitales, asuntos que nos deberían tener con los nervios de punta y con el Jesús en la boca, como dicen; como veo que la gente anda tan campante (como
si Trump no existiera, la 4T fuera un ‘mito genial’, amén de otras calamidades), pues yo me pongo a hablar de tangos; para ser más precisos de uno en particular: ‘Ramona’.


Hasta donde entendía, ‘Ramona’(vaya nombrecito), popularizado entre nosotros por Gardel (“Ramona, tus labios sienten palpitar/ Arpegios sublimes de un dulce besar…”), es una pieza en forma de tango (LL), con letra de Cadícamo y música de Mabel Wayne, y la cantaba mi abuelo don Emilio de la Peña, nunca se supo si por evocaciones de un viejo amor, por que le gustaba el tango de marras, o solamente para jorobar (lo que caza muy bien con su carácter).


Aunque sus sentidas interpretaciones, en aquellas tertulias nocturnas donde sonaba la guitarra y se bebían moderadas cantidades de Terry y Old Parr, dieron pie a numerosas conjeturas y por lo menos a un gran malentendido, que a lo mejor no era tan malo y sí entendido, nada nos queda más que recordar a Don Emilio, guitarra en ristre, ejecutando con acordes simples (nunca fue un gran guitarrista, de hecho nunca fue siquiera un guitarrista) y con su voz más bien lábil y apenas entonada, cantándole a la imaginaria Ramona, aquello de: “ a la ventana de tu ensoñación/ Ramona, tu príncipe irá”.

Hasta aquí una imagen de mi infancia y un recuerdo que pertenece, y allí se debe quedar, al anecdotario personal (las miradas aviesas de las tías, no vienen a cuento, ni las conjeturas, ni las lágrimas vertidas copiosamente tras la
insospechada visita de…); total, cada cual se entretiene en los recuerdos que tenga a la mano y que, dado el caso (los amnésicos están tristemente impedidos), que le vengan en gana. No todo mundo carga en las espaldas el
triste sino del compadrito Ireneo Funes.

El asunto es que, para mi sorpresa, la otra noche, mientras conjuraba al sueño con un libro en la mano, quiso el azar, que es destino, que cayera en mis manos un relato donde supe de la existencia de un tal Vasile, Cristian Vasile, autor y cantor de tangos. Este tal Vasile, viene a ser a Gardel, lo que el futbolista Gheorghe Hagi fue a Maradona (‘el Maradona de los Cárpatos lo llegaron a llamar).


Es una historia de gangsters, de una gitana llamada Zaraza (en realidad Zarada, que se traduce por ‘Maravilla’), trágicamente asesinada, de tugurios, de espías nazis, cuyos detalles pueden encontrar en un libro y que, naturalmente, no voy a reproducir aquí (Mircea Cartarescu, ‘El ojo castaño de nuestro amor’, del que ya escribí alguna cosa); a mí lo que me importa es que el relato asegura que, además del tango de éxito clamoroso llamado ‘Zaraza’, Vasile (‘aquel animal con esmoquin’) compuso, entre otros tangos, desconocidos para nosotros, uno llamado Ramona (no confundir con la charanga esa de ‘La Ramona’ del trístemente célebre Esteso, autor de otras infamias como ‘El romance del ajo’).


En mis indagaciones –como no tengo nada qué hacer y mucho tiempo para entretener en estas tonterías–, encontré una vieja grabación de ‘Zaraza’, y alguna más, incluso una Romanza, pero ninguna ‘Ramona’.


Como este asunto me tiene al borde de la obsesión –y seguro a ustedes de lo más intrigados–, seguiré buceando en archivos y redes, para saber si mi abuelo lo que evocaba era a una beldad caucásica (y por cierto latina), venida de
Transilvania, o alguna cosa por el estilo.


Abur.

 

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Agustín Morales
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